jueves, 27 de febrero de 2020

El dilema de la acción colectiva en las primarias americanas


Las primarias de New Hampshire del pasado 11 de febrero y en particular los resultados de los caucuses de Nevada el 22 han revelado que el Partido Demócrata tiene un problema de acción colectiva.

Me explico: en la actualidad, los demócratas tienen una facción liberal (lo que en Europa llamaríamos más bien progresista, sin llegar siquiera a socialdemócrata), que abarca más o menos la mitad de su electorado y otra facción moderada, con una pequeña parte incluso conservadora, que abarca a la otra mitad. Pero históricamente el ala moderada solía tener más peso (sobre todo por la presencia de un gran número de demócratas blancos sureños, muy conservadores en lo social) lo que explica que la gran mayoría de los candidatos en los últimos cuarenta años fueran moderados.

Desde su instauración en 1972, y particularmente desde que el modelo se estabilizó a partir de 1980, las primarias demócratas han solido cumplir con el siguiente guion: un candidato del “establishment”, más centrista, contra un insurgente del ala liberal/progresista, que solía acabar derrotado. Los ejemplos son constantes: el presidente Carter derrotando a Ted Kennedy en 1980, el exvicepresidente Mondale haciendo lo propio con Gary Hart y Jesse Jackson en 1984, Bill Clinton derrotando a Jerry Brown y Paul Tsongas en 1992, Al Gore derrotando a Bill Bradley en 2000, Hillary Clinton venciendo a Bernie Sanders en 2016…

En ocasiones el candidato era algo más liberal, pero derrotaba al mismo tiempo a un oponente que lo era todavía más y a un demócrata sureño, más conservador (Dukakis en 1988, o Kerry en 2004), pero el patrón era claro.

Quizá el único ejemplo a contracorriente de esta teoría fue la nominación de Barack Obama frente a Hillary Clinton en 2008. Obama era generalmente visto como el candidato más progresista frente a Clinton, más centrista. Pero la explicación en este caso es sencilla: los votantes negros demócratas, que en su mayoría son moderados o conservadores, votaron al candidato más liberal por motivos “históricos” (era el primer candidato negro con posibilidades de acceder a la Presidencia), y desequilibraron la balanza.

Sin embargo, todos estos resultados se produjeron en el contexto de unas primarias en las que las dos facciones demócratas se agrupaban al principio del proceso, seleccionaban a su candidato, y lo enfrentaban con el de la facción opuesta.

Aunque este escenario puede darse todavía, existe un riesgo cierto de fragmentación del voto demócrata y con ello, de que al menos una de las dos facciones (en particular, la moderada), no aglutine sus votos y acabe derrotada por sus divisiones internas. Es preciso recordar, en ese sentido, que aunque las primarias demócratas son estrictamente proporcionales, para poder obtener delegados hay que superar un listón mínimo del 15%.

El resultado de las primarias de New Hampshire fue, en ese sentido, un claro ejemplo del riesgo del que estoy hablando:


Candidato
Votos
%
Delegados
76,355
25.6
9
72,445
24.3
9
58,774
19.7
6
27,428
9.2
0
24,911
8.3
0


(los demás candidatos obtuvieron un 3,6% o menos de los votos).


Los resultados del caucus de Nevada ahondan más todavía en esa conclusión:

Candidato
Alineación
final
Delegados a la convención nacional
Votos
%
41,075
40.5
24
19,179
18.9
9
17,598
17.3
3
11,703
11.5
0
4,120
4.1
0
7,376
7.3
0

Resultado de imagen de nevada map

Los dos candidatos más de izquierdas en estas primarias son Bernie Sanders (que directamente se autocalifica de socialista) y Elizabeth Warren. Sin embargo, su voto no se encuentra dividido de la misma manera: hasta el momento, Sanders ha demostrado una capacidad de aglutinar el voto liberal muy superior a Warren.

En cambio, en el ala moderada hay un exceso de candidatos: no sólo Buttigieg y Klobuchar, que obtuvieron un buen resultado en New Hampshire (bastante peor en Nevada) sino también Joe Biden, que aunque empezó con malos resultados en las dos primeras primarias, parece conservar cierto apoyo, especialmente en Estados con minorías, como se ha visto en Nevada. Pero por si eso fuera poco, hay dos millonarios, Mike Bloomberg y Tom Steyer, que dividen todavía más el voto moderado demócrata (especialmente Bloomberg, que está gastándose cientos de millones en anuncios, aunque su penosa intervención en los debates del día 19 y 25 probablemente le reste ímpetus).

Todo esto no tendría mucha importancia si el proceso de primarias se continuara celebrando como hasta ahora, es decir: de Estado pequeño en Estado pequeño, con candidatos abandonando la carrera después de cada primaria (en New Hampshire cayeron tres, por ejemplo). El gran problema es que después de Nevada (que ha votado el 22 de febrero) y Carolina del Sur (que lo hace el 29) llega, apenas tres días después, el Supermartes, donde catorce Estados reparten el 34% de los delegados. Si para entonces se siguen manteniendo dos candidatos liberales y cuatro o cinco moderados en la carrera, nos podemos encontrar con el siguiente escenario: Sanders obteniendo un 30% o un 40% de los votos y llevándose la mayoría de los delegados porque sólo uno o ninguno de los restantes candidatos alcanzan el 15%.

Un escenario que no es ni mucho menos descabellado si acudimos a la media de las encuestas nacionales que refleja a día de hoy, por ejemplo, la página web RealClearPolitics:


Por eso empezaba este artículo diciendo que a los demócratas se les planteaba un dilema de acción colectiva: si lo que se pretende es evitar el triunfo de Sanders (que, en opinión de muchos, este autor incluido, supone regalarle la presidencia a Trump y poner en peligro la continuidad de la democracia estadounidense), la opción lógica es agruparse en torno a un candidato moderado que sea capaz de aglutinar los votos ya no sólo de los moderados, sino de bastantes liberales que no se sienten cómodos con Sanders.

El problema es que los moderados no son capaces de ponerse de acuerdo en quién es ese candidato: ¿un veterano como Biden? ¿un multimillonario como Bloomberg -el octavo hombre más rico de Estados Unidos-? ¿una Senadora con suficiente experiencia como Warren -que no es moderada, pero sí lo es más que Sanders- o Klobuchar? ¿o un valor nuevo, sin testar, como Buttigieg?

Entre dimes y diretes, los demócratas moderados son incapaces de decantarse por un candidato, las primarias avanzan, y la ventaja le corresponde a un anciano de 78 años con problemas recientes de corazón y una querencia anormal por las dictaduras comunistas previas a la caída del Muro. Hay décadas de vídeos de Sanders alabando a la Unión Soviética, a Nicaragua, y a montones de régimenes “de izquierdas” pero no democráticos. Los anuncios de la futura campaña de Trump se escribirán solos.

Este sábado, como decía, vota Carolina del Sur. Y el 3 de marzo (¡menos de tres días después!), catorce Estados, entre ellos dos tan importantes como California o Texas. O el voto del candidato anti-Sanders empieza a aglutinarse ya, o los demócratas se encontrarán en noviembre con un caballo perdedor en sus manos.

martes, 11 de febrero de 2020

Chapuza en Iowa: el inicio de las primarias americanas

El lunes 3 de febrero se celebraron los caucuses de Iowa, primera cita electoral de las elecciones primarias en Estados Unidos.

Tradicionalmente, los caucuses cumplen una función muy importante de desbroce de candidaturas, eliminando a los candidatos débiles y seleccionando a los dos o tres que realmente se disputarán la victoria.

Sin embargo, en esta ocasión Iowa ha fracasado espectacularmente en su misión, de tal manera que es muy probable que haya puesto en peligro su estatus de primera contienda electoral. Lo que está claro es que el formato de caucus tiene sus días contados: el Partido Demócrata de Iowa fue incapaz de dar resultados (y sólo al 62% de participación) hasta las seis de la tarde del martes, por un fallo de la app que tenía que recoger los datos de los cientos de puntos en que se celebraban los caucuses, unido a la saturación de las líneas telefónicas de emergencia para el caso de que se cayera la app. La impresión de chapuza absoluta ha sido insoslayable: las televisiones se pasaron la noche hablando de nada, porque nada tenían que reportar, las teorías conspirativas sobre manipulación de resultados empezaron a dispararse por las redes (cuando lo que había era pura y simple incompetencia) y ni un solo candidato abandonó la contienda, amparados todos ellos en la falta de resultados. Cuando éstos llegaron, para añadir caos a un proceso ya absurdo, resultó que había tres tipos de resultado: votos en primera asignación, votos en segunda asignación, y porcentaje para asignación de delegados.

La medida, a mi juicio, más razonable de cómputo es el voto en segunda asignación (es decir, el voto definitivo en la segunda vuelta), y el resultado fue el siguiente:

Bernie Sanders      45,896         26.54%       
Pete Buttigieg        43,316         25.04%       
Elizabeth Warren    34,940         20.20%       
Joe Biden               23,723         13.72%       
Amy Klobuchar       21,199         12.26%
         
(los demás candidatos obtuvieron un 1% o menos).

Analizando con brevedad los resultados de los cinco candidatos principales, habría que destacar lo siguiente:

1) Bernie Sanders: una victoria es una victoria, y Sanders ganó. Dicho esto, noto una tendencia en cierta prensa a considerar poco menos que inevitable la victoria final de Sanders, y a mí no me parece nada claro que éste tenga la capacidad de aglutinar voto a medida que los demás candidatos se vayan retirando (es más probable que cualquiera de los otros candidatos, mejor situados en el eje ideológico del Partido, donde Sanders está en el extremo izquierdo, sea más capaz de recoger los votos de los candidatos caídos). Y otro factor: hace cuatro años, Sanders perdió, pero con el 46% de los votos, es decir, veinte puntos más que el lunes pasado. Se puede argumentar que había muchos más candidatos en esta ocasión, pero cuidado con otorgarle la condición de favorito.

2) Pete Buttigieg: el alcalde de South Bend, Indiana, obtuvo un resultado francamente bueno, como lo prueba el hecho de que las encuestas posteriores, particularmente en New Hampshire, recogen una clara subida de su intención de voto. Se marcó un discurso de victoria totalmente injustificado en plena noche electoral (injustificado porque nadie sabía cuál había sido el resultado), pero que obviamente fue bien recibido. Dicho esto, sus problemas persisten: a sus 38 años, es demasiado joven, y la experiencia que da ser alcalde de una pequeña ciudad difícilmente le califica para dar el salto a la Presidencia. Pero su perfil de gay veterano de guerra y moderado ha calado en el sector centrista del Partido Demócrata, especialmente a la vista del fracaso de Biden.

3) Elizabeth Warren: aunque el resultado de Warren no fue malo, la prensa escrita y las televisiones se han concentrado mucho más en la victoria de Sanders en votos, en el sorprendentemente buen número de Buttigieg (los periodistas siempre andan persiguiendo novedades) o en el fiasco de Biden, lo que ha dejado a la pobre Warren en tierra de nadie.

4) Joe Biden: en cambio, el exsenador y exvicepresidente de Obama tuvo un resultado unánimemente considerado como pésimo: se daba por supuesto que Iowa era un Estado difícil para él (es un Estado que suele premiar el entusiasmo, y hay poco de eso para la candidatura de Biden), pero no se esperaba que ni siquiera llegara al umbral del 15% a partir del cual se reciben delegados. Biden pretende aguantar hasta llegar a las primarias de Carolina del Sur, donde cree que el voto negro le puede salvar, pero las primeras encuestas que tenemos de allí muestran que está cayendo en picado allí. A Biden le está pesando, como siempre, el hecho de que es un hombre querido pero al que simplemente no se le vota. Está por ver siquiera si es capaz de llegar al Sur.

5) Amy Klobuchar: en circunstancias normales, Klobuchar, con su quinta plaza, hubiera debido abandonar las primarias después de Iowa. Sin embargo, cobijada por el caos en la publicación de los resultados, dio un discurso vencedor en horario de máxima audiencia, lo cual, unido a una buena intervención en el debate de candidatos del viernes, parece haberle dado a su candidatura nuevos ánimos, si hay que creer a las encuestas de New Hampshire.

6) Los demás candidatos, como digo, obtuvieron del 1% para abajo, pero como sus candidaturas son meramente testimoniales, tampoco parecen tener un gran interés en tirar la toalla. No puedo dejar de mencionar que la prensa cree que Michael Bloomberg puede aspirar a la victoria todavía, dado que está gastando cientos de millones de dólares con la intención de obtener la victoria el Supermartes, pero resulta difícil creer que su estrategia de obviar los primeros cuatro Estados pueda tener éxito. Para cuando llegue el Supermartes, dentro de tres semanas, quedarán muchos menos candidatos, el voto estará consolidado, y me cuesta ver a un billonario judío de 77 años como el candidato vencedor de las primarias del Partido Demócrata.

Hoy vota New Hampshire: con las encuestas en la mano, parece claro que Sanders volverá a ganar (pero con muchos menos votos que hace cuatro años), Buttigieg quedará segundo, y la cuestión es quién ocupará la tercera plaza, que a juicio de todos es la única que todavía puede dar alguna esperanza al que la obtenga. Parece que Biden y Warren están en trayectoria descendente y Klobuchar va hacia arriba, pero realmente cualquiera de los tres podría quedar tercero. Quedar cuarto o quinto sí que marcaría el principio del fin para esas candidaturas.




Lo que sí esperamos de New Hampshire es una purga bastante importante de candidatos (quedan once, y cuatro o cinco podrían abandonar la carrera esta misma noche, ¡siempre y cuando New Hampshire no chapucee como Iowa con los resultados!)

En suma: no se crean a nadie que les diga que ya está claro quién va a ganar, o siquiera quien es el favorito: lo que sí parece claro es que New Hampshire reducirá tanto el número de candidatos en general como el número de candidatos viables.

Once días después de New Hampshire, los supervivientes se verán las caras en los caucuses de Nevada, llenos de votantes hispanos, y una semana después, en las primarias de Carolina del Sur, con una mayoría de votantes negros. Finalmente, el 3 de marzo, el “Supermartes”, en el que catorce Estados celebrarán primarias simultáneamente. Para entonces deberíamos tener una idea clara acerca de quién será el candidato o candidata demócrata.

domingo, 5 de mayo de 2019

Las elecciones del 28 de abril: los números y algunas conclusiones preliminares

Tras disponer de una semana para digerirlos, merece la pena analizar los resultados electorales de las elecciones del 28 de abril en sus componentes más básicos, esto es, los votos, más allá de los escaños, que dado que nuestro sistema electoral no es perfectamente proporcional, tiende a deformar y a exagerar las tendencias (todos los datos extraídos de la página web del Ministerio del Interior (https://resultados.eleccionesgenerales19.es/Congreso/Total-nacional/0/es).

Con una participación del 75,75% (que disminuirá en un par de puntos cuando se sume el voto exterior), el domingo votaron 26.361.051 personas (en 2016 fueron 24.279.259 una vez sumado el voto exterior, así que al final del cómputo tendremos aproximadamente 2.100.000 votos más).

El bloque desde el centro a la izquierda (PSOE, Podemos y sus confluencias) ha sumado 11.213.864 votos (10.531.384 votos en 2016, es decir, 682.840 votos más).

Ahora bien, esa suma no se ha repartido del mismo modo entre ambos partidos:

PSOE: 7.480.755 votos en 2019 (5.443.846 votos en 2016, es decir 2.036.909 votos más)
PODEMOS + Confluencias: 3.732.929 votos (5.087.538 votos en 2016, es decir, 1.354.609 votos menos).

En términos estrictamente porcentuales, sin embargo, la suma de votos del centroizquierda español ha pasado del 43,78% al 42,99% (es decir, ha retrocedido).

Una vez más, ese retroceso en realidad es la suma de un fuerte avance del PSOE y un todavía más fuerte retroceso de PODEMOS y sus confluencias:

El PSOE ha subido 6,05 puntos (del 22,63% en 2016 al 28,68% en 2019)
PODEMOS y sus confluencias han bajado 6,84 puntos (del 21,15% en 2016 al 14,31 en 2019)

El bloque desde el centro a la derecha (PP, C's, VOX y Navarra Suma) ha sumado 11.276.920 votos (11.129.988 votos en 2016, es decir, 146.932 votos más).

Una vez más, esa suma no se ha repartido del mismo modo entre los partidos de este bloque (descontando los votos de PP y C's en Navarra de 2016, dado que iban coaligados en 2019)

PP: 4.356.023 votos en 2019 (7.834.260 votos en 2016, es decir, 3.478.237 votos menos)
C's: 4.136.600 votos en 2019 (3.121.065 votos en 2016, es decir, 1.015.535 votos más)
VOX: 2.677.173 votos en 2019 (47.182 votos en 2016, es decir, 2.629.991 votos más).

En términos estrictamente porcentuales, la suma de votos del centroderecha español, y todavía en mayor medida que la del centroizquierda, ha retrocedido del 46,27% de 2016 al 43,23% (esto es, 3,04 puntos menos).

Los partidos que sí han subido en términos absolutos y porcentuales son los partidos independentistas (en su conjunto- ERC, JXCAT y Bildu), nacionalistas (PNV, Compromís) y regionalistas (CC y PRC). Y tengamos en cuenta que no contamos aquí diversos partidos de este segmento que no han obtenido representación y que en TODOS los casos han mejorado sus resultados de 2016 (BNG, Geroa Bai) o partían de 0 (como el Front Republicà).

En 2019 todos estos partidos han sumado 2.528.604 votos (1.655.702 votos, es decir, 872.902 votos más).

En porcentaje esto resulta todavía más evidente: han pasado del 6,91% en 2016 al 9,69% en 2019, esto es, 3,08 puntos más).

Por escaños, podemos ver cómo nuestro sistema electoral deforma un tanto los votos:

PSOE+Podemos y confluencias pasan de 156 diputados en 2016 (85 + 71) a 165 (123 + 42) en 2019 (es decir, 2,5 puntos más pese a disminuir en porcentaje de votos)
PP, C's, VOX y N+ pasan de 169 diputados en 2016 (137 + 32) a 149 (66 + 57 + 24 + 2) en 2019 (es decir 5,7 puntos menos en escaños cuando la pérdida era de 3).
Las fuerzas independentistas, nacionalistas y regionalistas pasan de 25 escaños (9+8+5+2+1) a 36 (15+7+6+4+2+1+1), aquí la subida en votos y escaños es prácticamente perfecta.

En resumen:

1) El centroizquierda en su conjunto ha descendido ligeramente, porque el PSOE no absorbe todo el voto que pierde PODEMOS (y tengamos en cuenta que el PSOE ha absorbido voto del ala izquierda de Ciudadanos). Esto se aprecia claramente en las comunidades en donde hay partidos locales fuertes de centroizquierda: Cataluña, País Vasco y Navarra en particular y la Comunidad Valenciana en cierta medida), en los que PODEMOS ha cedido mucho voto en dirección ERC, Front Republicà, Bildu, Compromís (como es lógico, dado que en 2016 fueron en coalición) e incluso hacia el PNV y en menor medida en Galicia, donde el BNG ha mejorado algo sus resultados.

Al mismo tiempo, la redistribución del voto en este ámbito (donde hemos pasado casi de un empate PSOE/PODEMOS a una relación 2 a 1 entre unos y otros) ha permitido aprovechar mejor los sesgos mayoritarios en circunscripciones pequeñas de nuestras circunscripciones electorales.

2) El centroderecha ha retrocedido algo más, pero no exageremos: bajar del 46 al 43% no es exactamente una hecatombe (de hecho, la suma del centroderecha español todavía excede la del centroizquierda). Lo que ocurre es que al pasar de dos a tres los actores en ese espectro ideológico, y lo que es más grave, al ser tres actores de tamaños similares (de menos del 16% a más del 10%), nuestra combinación de circunscripciones electorales de tamaño pequeño y Ley D' Hondt (mucho más importante lo primero que lo segundo) ha exacerbado (tampoco mucho) esa pérdida de escaños. En cualquier caso, un fracaso en los objetivos globales del centroderecha (que era desalojar al PSOE del Gobierno).

3) Dónde sí creo que el efecto negativo de la campaña "nacionalista española" se aprecia más es en el crecimiento del nacionalismo periférico, que es lo que realmente ha subido en estas elecciones en detrimento de los partidos de ámbito español. Muchos votantes, en concreto, han pasado de las "plurinacionalidades" de PODEMOS al independentismo en Cataluña y al nacionalismo en el País Vasco (el nacionalismo catalán ha obtenido sus mejores resultados en unas generales). Sólo en aquellos lugares donde existe todavía un cierto regionalismo de centroderecha (Cantabria y Canarias)  y en el País Vasco (donde el PNV absorbió parte del voto popular) pudo verse que parte del hundimiento del PP fue a opciones periféricas.

martes, 6 de noviembre de 2018

Elecciones de medio mandato en Estados Unidos: Trump no es invulnerable

Estamos a pocas horas de que cierren los primeros colegios electorales en Estados Unidos para las denominadas "elecciones de medio mandato" (las elecciones que se celebran a mitad del mandato de cada presidente).

Aunque de hecho hay muchísimas elecciones (miles de escaños en las cámaras estatales, sin ir más lejos), la atención general está focalizada en tres puntos:

- Los 435 escaños del Congreso ("House of Representatives"), que se renuevan íntegramente cada dos años. Las posiciones de partida respecto a dos años atrás son 241 republicanos y 194 demócratas.

- 35 de los 100 escaños del Senado (el Senado se renueva por tercios cada dos años. Este año tocaría renovar 33 escaños, más otros dos derivados de fallecimientos y dimisiones. Las posiciones de partida son 51 republicanos y 49 demócratas, pero los escaños que se renuevan son 26 demócratas y 9 republicanos.

- 36 gobernadurías, que se renuevan en general cada cuatro años (excepto New Hampshire y Vermont, que se renuevan cada dos). En este caso, hay 26 gobernadores republicanos, 9 demócratas y 1 independiente (alineado con los demócratas).

Antes de efectuar predicciones, analizamos la situación norteamericana de la manera más objetiva posible:

- La economía continúa funcionando admirablemente, al menos en términos "macro". El desempleo está en sus niveles más bajos desde 1969.

- Pese a ello, el presidente Trump es el más impopular de la historia en una primera elección de medio mandato. Con un 42% de aprobación, sus cifras son peores que las de Ronald Reagan en 1982, por ejemplo. El hecho de que pese a la excelente evolución de la economía (en su octavo año consecutivo de mejora) el presidente sea tan impopular refleja que su estilo de gobierno (y su estilo en general) es poco apreciado por la mayoría de los americanos (recordemos que no llegó siquiera al 46% del voto popular, lo cual demuestra que ya era impopular de buen inicio).

En líneas generales, el partido del Presidente suele perder escaños en las elecciones de medio mandato (ha ocurrido en 22 de las últimas 25 elecciones de medio mandato, sin ir más lejos), incluso cuando la economía va bien. Por lo tanto, lo que muy posiblemente ocurra esta noche no será particularmente sorprendente.

Dicho esto, y yendo a las predicciones (basadas en un cotejo de las predicciones de los analistas y las encuestas):

- Los demócratas ganarán aproximadamente entre 35-40 escaños en el Congreso, arrebatándoles la mayoría a los republicanos (el nuevo Congreso tendrá entre 230-235 escaños demócratas y 195-200 republicanos).

- Los republicanos mantendrán por los pelos el Senado con 50-52 escaños (en caso de empate, el Vicepresidente republicano desempata) y los demócratas tendrán 48-50 escaños, perdiendo uno o ganando uno. Esto, que podría parecer un mal resultado para los demócratas, no lo es si tenemos en cuenta que defienden 26 de los 35 escaños en juego, y lo que es más chocante, 10 escaños en territorio ganado por Trump en 2016 (5 en Estados que Trump ganó con entre 19 y 40 puntos de margen). A la inversa, sólo hay un Senador republicano (el de Nevada) que represente un escaño en el que ganara Hillary Clinton en 2016.

- Por último, los republicanos perderán entre 10 y 12 de sus 26 gobernadurías, un resultado malo, pero lógico, dada la creciente nacionalización de las elecciones estatales.






miércoles, 24 de enero de 2018

Los resultados del 21-D: la participación (I)

Una vez computados los resultados del voto exterior, tenemos desde hace algunos días publicados oficialmente los resultados definitivos del 27-S.

Al igual que sucedió en las elecciones de 2015, el porcentaje de participación global ha disminuido finalmente, pasando del 81,95% en la noche electoral, cuando se computaron sólo los votantes que viven en Cataluña (votantes presenciales y por correo) a un 79,09% una vez incluido el voto exterior.

Y ello porque pese a que el porcentaje de participación del voto exterior aumentó entre cuatro y cinco votos, continúa siendo paupérrimo (entre el 11 y el 14%, dependiendo de la provincia), gracias a una reforma legislativa desastrosa votada en el 2011 por la inmensa mayoría de los partidos políticos, que ha hecho muchísimo más difícil votar a nuestros residentes en el extranjero.


Resultado de imagen de mapa de cataluña


En cualquier caso las elecciones de 2017, por tercera vez consecutiva, han sido con gran diferencia los comicios en los que hubo un mayor número de votantes en unas autonómicas catalanas: hemos pasado del 67,76% en 2012 –que ya fue un récord- al 74,95% en 2015 –otro récord- hasta el 79,09% actual.

En suma, la participación subió 4,14 puntos, lo que sin duda es digno de encomio, pero que al menos al que suscribe le resulta un tanto decepcionante, a la vista de las circunstancias excepcionales en las que se desarrollaron estos comicios. La participación ni siquiera alcanzó su máximo histórico total, que sigue correspondiendo a las generales de 1982 (en las que se llegó al 80,8% en Cataluña).

Por provincias, el índice de participación y el incremento fueron los siguientes:

Barcelona: 79,32% (+ 4,29)
Girona: 79,16% (+ 3,22)
Lleida: 77,11% (+ 3,48)
Tarragona: 78,41 (+ 4,22)

Dentro de las provincias, por supuesto, existe una gran variación en los índices de participación.

En Barcelona, la participación osciló entre el 95,98% de Tavèrnoles y el 74,48% de Sant Adrià del Besós. De manera interesante, 296 municipios votaron por encima de la media, y tan solo 16 –tratando a los Residentes Ausentes como si de un municipio más se tratara- lo hicieron por debajo.

Esto, por supuesto, indica que algunos de los municipios que menos votaron –relativamente- fueron de los más poblados: en concreto, Hospitalet y Santa Coloma de Gramenet (tercero y octavo, respectivamente, municipios por población de Cataluña) votaron por debajo de la media de la provincia.

Y otro aspecto que se perpetúa respecto de elecciones anteriores es que los feudos más unionistas tienden –sólo tienden- a votar algo menos que los más independentistas.

Dicho esto, lo cierto es que si analizamos el incremento de participación podemos ver que su distribución fue un tanto desigual. Las localidades más pobladas en las que el independentismo no es mayoritario tendieron a registrar incrementos por encima de la media de la provincia (Hospitalet, Mataró, Santa Coloma, Cornellá, Sant Boi, Rubí, Viladecans aumentaron todas su participación en algo más de cinco puntos), mientras que en las localidades independentistas más pobladas el incremento tendió a ser menor –bien es cierto que ya estaba en unas cuotas muy altas-. Así, Sant Cugat, Igualada, Manresa, o Vic aumentaron su participación en tres o incluso dos puntos.

En cualquier caso, si analizamos los incrementos más importantes, veremos que en líneas generales tendieron a afectar a núcleos de población relevantes (en El Prat de Llobregat la participación subió siete puntos, en Badia del Vallés o Sant Andreu de la Barca más de seis, etc.), pero que los índices más altos en sí mismos (del 90% o más) continuaron correspondiéndoles a pueblos pequeños.

En Girona, la participación osciló entre el 95% de Vilaür y el 70,82% de Sant Climent Sescebes.

De manera todavía más acusada que en Barcelona, los municipios que votaron por debajo de la media en la provincia también son los municipios menos independentistas –respecto de la provincia, como Figueres o Salt, o incluso respecto del resto de Cataluña, como Blanes o Lloret de Mar-. Y a la inversa, los municipios más independentistas como Girona, Olot o Banyoles, tienden a una participación más elevada. Y no digamos ya los pueblos pequeños, en los que la participación, una vez más, superó el 90% en decenas de casos.

Al mismo tiempo, y al igual que en Barcelona, las localidades más pobladas en las que el independentismo no es mayoritario o no es tan fuerte como en el resto de la provincia tendieron a registrar incrementos por encima de la media de la provincia (Blanes, Figueres, Sant Feliu de Guíxols, aumentaron todas su participación en algo más de cuatro puntos), mientras que en las localidades independentistas más pobladas el incremento fue menor. Así, Olot y Banyoles aumentaron su participación en dos puntos.

En Lleida, la participación osciló entre el 93,62% de Ivorra y el 64,37% de Les Valls de Valira (como se puede ver, los porcentajes de participación son algo más bajos que en el resto de Cataluña, tanto por arriba como por abajo).

Los municipios que votaron por debajo de la media en la provincia también son los municipios menos independentistas –respecto de la provincia, como la Seu d’ Urgell o Almacelles o incluso respecto del resto de Cataluña, como la mayoría de los del Valle de Arán-. Y a la inversa, los municipios más independentistas tienden a una participación más elevada.

Y al contrario que en Barcelona o Girona, el incremento de participación en Lleida no parece haberse concentrado en las localidades menos independentistas. Así, municipios muy independentistas como Cervera o Bellpuig han disfrutado de incrementos muy relevantes de participación, superiores a la media de su provincia, de seis o cinco puntos.

Por último, en Tarragona, la participación osciló entre el 96,1% de Vallfogona de Ruicorb y el 72,59% de El Montmell.

En esta provincia, al igual que en Barcelona, algunos de los municipios que menos votaron –relativamente- fueron de los más poblados: El Vendrell, Tortosa, Calafell, o Salou votaron por debajo de la media de la provincia.

Y otro aspecto que se perpetúa respecto de elecciones anteriores es que los feudos más unionistas tienden –sólo tienden- a votar algo menos que los más independentistas. Y un detalle propio de la provincia: lo mismo ocurre con la mayoría de los municipios cercanos al Delta del Ebro.

Al mismo tiempo, precisamente es en estos dos grupos de poblaciones –las más unionistas y las del Delta del Ebro- donde la participación ha subido por encima de la media. Así, en Cambrils, Vila-Seca, El Vendrell o Calafell la participación ha subido cinco puntos largos, pero eso se ha visto compensado por subidas incluso superiores en Amposta, Sant Carles de la Ràpita, Deltebre, etc.