miércoles, 21 de abril de 2010

John Paul Stevens anuncia su retirada (y II)

Comentábamos en nuestro último post con cierto detenimiento las características más relevantes de la jurisprudencia del magistrado John Paul Stevens, que ayer cumplió 90 años y que se retirará al final de este año judicial (en torno al 30 de junio) del Tribunal Supremo de Estados Unidos.

¿Por qué es relevante la retirada de John Paul Stevens? Obviamente, la retirada de cualquier magistrado del Tribunal Supremo es relevante, porque son sólo nueve Magistrados y tienen carácter vitalicio (pueden ejercer como Magistrados hasta que mueran, se retiren por edad ó incapacidad o se vean obligados a dimitir por algún escándalo -esto pasa muy pocas veces; la última vez ocurrió en 1969, cuando Abe Fortas dimitió por un escándalo de corrupción-).

Pero la retirada de Stevens es más importante de lo habitual por varios motivos: en primer lugar, por cuanto lleva 34 años y medio en el Tribunal (12.542 días en la fecha de este post), lo que le convierte en el cuarto Juez más veterano en el cargo de la historia del Tribunal Supremo (el tercero para cuando se retire de aquí a dos meses; está a punto de superar al mítico John Marshall), y el segundo más longevo, sólo por detrás de Oliver Wendell Holmes Jr.

Por supuesto, longevidad y veteranía no bastan para justificar la importancia de un Juez, pero Stevens ha sido un Magistrado enormemente relevante: ha sido el ponente en Sentencias importantísimas, como Hamdan v. Rumsfeld (2006), en la que una mayoría de 5 a 4 mantuvo que las comisiones militares previstas por la Administración Bush para juzgar a los detenidos de Guantánamo violaban el Código de Justicia Militar y las Convenciones de Ginebra, o Atkins v. Virginia (2002), que declaró la inconstitucionalidad de la pena de muerte impuesta a discapacitados psíquicos por 6 a 3.

Pero su mayor importancia, especialmente desde 1994, ha sido su condición de Magistrado decano del Tribunal Supremo, de la que se deriva su poder para asignar la redacción de numerosas opiniones. Esto exige una explicación más detallada.

Tradicionalmente, la decisión de a quién se le asigna la redacción de cada Sentencia del Supremo le corresponde al Presidente del Tribunal Supremo (en la actualidad, John Roberts, nombrado por Bush en 2005), siempre y cuando se encuentre en la mayoría en el caso concreto. Caso de que el Presidente se encuentre en la minoría, la decisión de a quién asignar la redacción de la Sentencia le corresponde al Magistrado con más años de servicio en el Tribunal (posición que ocupa desde 1994 John Paul Stevens), siempre que se encuentre en la mayoría, claro.

El poder de asignación de mayorías es muy importante en un Tribunal tan dividido como el Supremo, especialmente cuando el Presidente del Tribunal Supremo pertenece a una de las alas conservadora o liberal del Tribunal y el magistrado decano pertenece a la otra, como lleva ocurriendo desde 1969 aproximadamente.

Entre 1953 y 1969 el Presidente del Tribunal Supremo era Earl Warren, un exgobernador republicano de California nombrado por Eisenhower que, sin embargo, resultó ser un profundo liberal. Sin embargo, como los magistrados decanos del Supremo en ese período (Black y Douglas) eran tan o más liberales que Warren, y el resto de los miembros del Tribunal eran en su mayoría liberales o centristas, no existía esa tensión conservadores-liberales que se produce en la actualidad. En particular, entre 1962 y 1969 el Tribunal disponía de una sólida mayoría liberal de 5 o 6 magistrados que llevó al Supremo a algunas de sus decisiones más "de izquierdas" (para los estándares americanos).

Desde 1969 y en adelante, en cambio, el Presidente del Tribunal Supremo ha sido un conservador elegido por un republicano, mientras que el magistrado decano del Supremo ha sido durante la mayor parte del tiempo un liberal (curiosamente, también elegido por un republicano).

Así, entre 1969 y 1986 el Presidente del Tribunal Supremo fue Warren Burger, conservador nombrado por Nixon, y su antagonista liberal fue William Brennan, decano del Tribunal entre 1975 y 1990, y encargado, por lo tanto, de asignar las opiniones cuando Burger no se hallaba en la mayoría.

Entre 1986 y 2005, el Presidente del Tribunal Supremo fue William Rehnquist, conservador nombrado primero por Nixon y elevado a la Presidencia por Reagan, y sus antagonistas liberales fueron el ya mencionado Brennan y tras un breve interregno, John Paul Stevens, decano del Tribunal entre 1994 y la actualidad, y que solía encontrarse en el lado opuesto a Rehnquist.

Tras el fallecimiento de Rehnquist en 2005, el Presidente del Tribunal ha sido John Roberts, nombrado por George Bush Jr., y su antagonista liberal durante este primer lustro ha continuado siendo Stevens.

Brennan ha pasado a la historia por su habilidad "para contar hasta cinco" (es decir, para conseguir cinco votos para sus opiniones). Pero como señala este articulo, Brennan contó durante la mayor parte de su período en el Tribunal con un bloque de Magistrados centristas con el que era posible forjar amplias coaliciones.

Stevens ya no contaba con esa ventaja cuando asumió el rol de "líder de los liberales en 1994". En aquel entonces, el Tribunal se componía de tres conservadores (Rehnquist, Scalia y Thomas), cuatro liberales (moderados en comparación con los leones liberales del pasado como Brennan o Thurgood Marshall): Ginsburg, Souter, Breyer y el propio Stevens, y dos conservadores moderados (O' Connor y Kennedy).

Stevens se ha pasado los últimos quince años intentando forjar mayorías compuestas por los cuatro liberales y O'Connor y/o Kennedy. El mecanismo de asignación de la opinión ha sido su gran baza: cuanto Stevens consideraba que el voto más débil con el que contaba su mayoría era el de O' Connor o Kennedy, les asignaba de manera sistemática la opinión. Así se han forjado algunas de las grandes victorias "liberales" en el Supremo en los últimos años: Lawrence v. Texas (inconstitucionalidad de las leyes criminalizadoras de la sodomía) o Roper v. Simmons (inconstitucionalidad de la pena de muerte para menores de edad) fueron opiniones que salieron adelante por 5 a 4, siendo el quinto voto decisivo el de Anthony Kennedy, al que Stevens asignó la opinión en ambos casos (con lo que consiguió solidificar el apoyo de éste).

Por supuesto, el poder de asignación de la opinión llega hasta donde llega: Kennedy y O' Connor son más conservadores que centristas y en numerosos casos no querían (o quieren, en el caso de Kennedy) formar parte de una mayoría que adoptara decisiones más liberales.

Pero ahora, con la retirada de Stevens, se produce por primera vez en muchos años una situación sumamente peculiar: el Presidente del Supremo es conservador, el Juez decano (Scalia) lo es más todavía, el siguiente por antigüedad, Kennedy, es el conservador moderado, y el siguiente Thomas, es el más conservador de todo el Supremo.

Por lo tanto, una mayoría "liberal" de cinco necesitará el voto (por orden de antigüedad) de Kennedy, Ginsburg, Breyer, Sotomayor y el sustituto de Stevens, pero será el propio Kennedy el encargado de asignar la opinión en su condición de "decano del ala liberal".

En otras palabras: para adoptar decisiones liberales, será precisamente el "eslabón más débil" de la cadena, Anthony Kennedy, el encargado de decidir no sólo ya en qué sentido se decantarán los casos más controvertidos, sino quién redactará dichas opiniones.

Así, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos, que ya era conocido como "The Kennedy Court", lo será todavía más en el futuro inmediato.

Para leer más (y mejor, porque este post me ha salido algo confuso) sobre la nueva dinámica en el Tribunal tras la retirada de Stevens, recomiendo este estupendo artículo en SCOTUSblog, y estos dos excelentes artículos breves en el blog Speaking of Stevens sobre la asignación de opiniones por parte de Stevens.

domingo, 18 de abril de 2010

John Paul Stevens anuncia su retirada (I)

El viernes pasado el magistrado del Tribunal Supremo John Paul Stevens informó al Presidente de su intención de retirarse, tras servir como Juez desde el 17 de diciembre de 1975, nada menos.

Stevens está a punto de cumplir 90 años (este 20 de abril), y llevaba enviando señales de su intención de retirarse desde hace diez meses, más o menos, así que su anuncio no ha sido exactamente una sorpresa.

John Paul Stevens constituye uno de los ejemplos clásicos (junto con David Souter, que se retiró ya el año pasado) de magistrados nombrados por presidentes republicanos que, sin embargo, no han respondido en modo alguno a las expectativas del ala conservadora del partido republicano dominante en el mismo desde 1980, más o menos. De hecho, Stevens, que cuando fue nombrado por Gerald Ford en 1975 ya era considerado un centrista y no un conservador, fue moviéndose a la izquierda con los años (de manera especialmente acusada a partir de 1987, si hay que creer el siguiente gráfico, cortesía del estupendo blog Speaking of Stevens, un foro de debate recién iniciado sobre el legado del magistrado):


La fecha resulta especialmente interesante: 1986 fue el año de la retirada de Warren Burger como Presidente del Tribunal y su sustitución por William Rehnquist, juez asociado del Tribunal que era probablemente el miembro más conservador del mismo. Rehnquist, a su vez, fue sustituido por Antonin Scalia, todavía más conservador que Rehnquist. Estos nombramientos constituyeron los dos grandes éxitos de Reagan en su afán por mover el Tribunal Supremo significativamente a la derecha (Sandra Day O' Connor y Anthony Kennedy, en cambio, fueron sus dos fracasos). Y la reacción de Stevens a estos nombramientos conservadores fue moverse a la izquierda.

En una entrevista en 2007, Stevens afirmaba que: "He considers himself a “judicial conservative,” he said, and only appears liberal today because he has been surrounded by increasingly conservative colleagues. “Including myself,” he said, “every judge who’s been appointed to the court since Lewis Powell” — nominated by Richard Nixon in 1971 — “has been more conservative than his or her predecessor. Except maybe Justice Ginsburg. That’s bound to have an effect on the court.”)

A Stevens le gusta decir que él no se ha movido a la izquierda, sino que ha sido el Tribunal el que se ha movido a la derecha durante sus más de 34 años en el mismo. Si bien lo segundo es cierto, lo primero lisa y llanamente no lo es.

Es cierto que de los 13 nombramientos efectuados desde 1969 para servir en el Tribunal Supremo, al menos 11 movieron el Tribunal a la derecha (con la posible excepción de la sustitución de Fortas por Blackmun en 1970 -y eso fue porque Blackmun giró profundamente a la izquierda tras los ataques que recibió por redactar Roe v. Wade, no porque no fuera conservador cuando Nixon lo nombró- y de la sustitución de White por Ginsburg en 1993). Y es cierto que Stevens mismo era y es más conservador que William O. Douglas, al que sustituyó en 1975 (pero es que Douglas era probablemente el magistrado más de izquierdas de todo el siglo XX).

Pero no es menos cierto que Stevens se ha hecho más de izquierdas con los años: en 1976 estaba a favor de la pena de muerte. En 2008, en contra. En 1978 estaba en contra de la "affirmative action". En 2003, a favor. En 1989 estaba a favor de enviar a la cárcel a quienes quemaran banderas de los Estados Unidos. Hoy en día, está en contra. Sé lo que quiere decir cuando se considera a sí mismo "un conservador judicial" (quiere decir que quiere "conservar" los precedentes más importantes en la jurisprudencia del Tribunal Supremo, y no que sean revocados porque haya un cambio en la composición de la mayoría. Pero da la casualidad que muchos de esos precedentes son liberales, y el resultado de defenderlos es, inevitablemente, una jurisprudencia liberal como la del Juez Stevens).

Conste que no digo todo esto como una crítica. Siento una profunda simpatía no sólo ya por la  jurisprudencia, sino por la persona misma de John Paul Stevens. Valga una anécdota personal: cuando en 2005 falleció William Rehnquist, y el presidente Bush nombró a John Roberts para sustituirle, se planteó un problema de protocolo: tradicionalmente, el presidente saliente del Tribunal Supremo toma la jura al presidente entrante (de hecho, es el último acto formal del presidente saliente en su condición de tal). Pero habiendo fallecido Rehnquist ¿quién debía tomarle el juramento al nuevo Presidente? Había que remontarse al precedente de 1953, la última vez que se había producido una vacante por fallecimiento y no por retirada en la presidencia del Supremo. En esa ocasión, el magistrado más antiguo del Tribunal tomó el juramento a Earl Warren. Y en esta ocasión, el magistrado más antiguo (desde 1994, de hecho) era John Paul Stevens.

Y allí fueron los tres: Bush y Roberts, todavía jóvenes (especialmente el segundo), acompañados de un anciano de 85 años (por aquel entonces), pero fresco como una rosa, caminando sin bastón, y vestido con su sempiterna pajarita. Viéndole venir por aquel largo pasillo, me pareció la encarnación misma de la justicia.

En cuanto a la jurisprudencia de Stevens, obviamente 34 años han dado mucho de sí, pero en líneas generales creo que el juicio de la historia será benévolo con él: ha protegido los derechos de las minorías frente a mayorías abusivas, ha defendido de manera generosa el derecho a la libertad de expresión, ha combatido la tendencia natural del sistema jurídico norteamericano a enviar inocentes a la cárcel (cuando no al otro barrio), ha conseguido aunar mayorías en el Supremo capaces de bloquear la expansión indiscriminada del poder ejecutivo contra las libertades civiles.

Para quien quiera leer algunos de los análisis más interesantes sobre la vida y la jurisprudencia de Stevens, los siguientes son muy recomendables:

- Este análisis de Dahlia Lithwick y Sonja West en Slate sobre la "empatía" de Stevens (entendida en su mejor sentido).
- Este largo ensayo sobre Stevens en el New Yorker, por Jeffrey Toobin.
- El ya mencionado blog Speaking of Stevens.
- Otro análisis, esta vez de Jeffrey Rosen, en el New York Times.

Quizá el tributo más hermoso se lo otorgó precisamente Gerald Ford, que le había nombrado; un presidente republicano de otra época (igual que John Paul Stevens era un republicano de otra época). En septiembre de 2005 se celebraba en la Fordham University School of Law un seminario sobre los treinta años de jurisprudencia de Stevens. Ford contribuyó al mismo enviando esta memorable carta al decano de la facultad de Fordham, de la que extracto los pasajes más emocionantes:

“Historians study the significant diplomatic, legislative, and economic events that occurred during a Presidential term to evaluate that Presidency. Normally, little or no attention is given to the long term effects of that President’s Supreme Court nominees…

Let that not be the case with my Presidency. For I am prepared to allow history’s judgment of my term in office to rest (if necessary, exclusively) on my nomination thirty years ago of John Paul Stevens to the U.S. Supreme Court. I endorse his constitutional views on the secular character of the Establishment Clause and the Free Exercise Clause, on securing procedural safeguards in criminal [cases] and on the Constitution’s broad grant of regulatory authority to Congress. I include as well my special admiration for his charming wit and sense of humour...

He has served his nation well, at all times carrying out his judicial duties with dignity, intellect and without partisan political concerns. Justice Stevens has made me, and our fellow citizens, proud of my three decade old decision to appoint him to the Supreme Court. I wish him long life, good health, and many more years on the bench".

El decano de la Universidad de Fordham ha contado que cuando le entregó la carta del presidente Ford a Stevens, éste tenía lágrimas en sus ojos. Pero lo cierto es que Ford tenía razón: John Paul Stevens ha sido uno de los grandes magistrados de la historia del Tribunal Supremo, y constituye quizá la máxima aportación de Gerald Ford, un presidente infravalorado, a la historia de su país.

domingo, 4 de abril de 2010

¿Cómo votaron los congresistas y por qué?

Merece la pena dedicarle una última entrada a la votación de la reforma del seguro sanitario en el Congreso, con el fin de ir cerrando cabos, ahora que Washington empieza a vislumbrar en el horizonte numerosas otras votaciones de mucho calado: la ratificación por el Senado del nuevo tratado de reducción de armas nucleares con Rusia, la inminente y casi segura retirada de John Paul Stevens del Tribunal Supremo, y especialmente el proyecto de regulación del sistema financiero, que será el escenario de otra titánica batalla entre demócratas y republicanos.

Recordemos que la votación salió adelante con 219 votos a favor (todos demócratas) y 212 en contra (178 republicanos y 34 demócratas). Dentro de ambos bloques es preciso señalar la existencia de cinco grupos de votantes, más allá de los demócratas y republicanos en distritos seguros:

- Demócratas que votaron en contra "porque no tenían otro remedio": Altmire (de Pennsylvania), Boren (Oklahoma), Boucher (Virginia), Bright (Alabama), Chandler (Kentucky), Childers (Mississipi), Lincoln Davis (Tennessee), Edwards (Texas), Herseth Sandlin (Dakota del Sur), Holden (Pennsylvania), Kratovil (Maryland), Marshall (Georgia), Matheson (Utah), McIntyre (Carolina del Norte), Melancon (Louisiana), Minnick (Idaho), Peterson (Minnesota), Ross (Arkansas), Shuler (Carolina del Norte), Skelton (Missouri), Space (Ohio), Taylor (Mississipi), Teague (Nuevo Mexico). Todos ellos representan a distritos perdidos por Obama en 2008 (y por Kerry en 2004, y con una excepción, por Gore en 2000). Se trata, por lo tanto, de distritos muy republicanos, y estos congresistas simplemente sabían que se arriesgaban muchísimo en noviembre si votaban a favor de la reforma del seguro sanitario ahora. (Cuestión distinta es si le merece la pena al Partido Demócrata tener congresistas que votan contra el partido en todas las votaciones importantes. Esto es una cuestión importante, que discutiremos en una entrada aparte sobre "la teoría del congresista inútil". Ya avanzo que no todos los congresistas de esta lista son "inútiles", aunque alguno sí).

Todos estos congresistas votaron ya en noviembre contra el proyecto de reforma del seguro sanitario del Congreso. La única excepción es Zack Space, del 18º distrito de Ohio, que en Noviembre votó a favor de dicho proyecto de ley (levemente más "de izquierdas") y esta vez se asustó (o recordó que su distrito votó a McCain en un 60%) y votó en contra (cosa que abre un bonito flanco a su oponente republicano, que le podrá acusar, con perfecta razón, de incoherencia (la defensa que en su día empleó John Kerry: "primero voté a favor antes de votar en contra"; no le fue de mucha ayuda a éste en las presidenciales de 2004).

- Demócratas "valientes" (por votar a favor): básicamente, todos los demócratas en distritos ganados por McCain en 2008 que votaron a favor de la reforma corrieron un riesgo considerable (y no son poca gente): Kirkpatrick, Mitchell y Giffords (de Arizona), Salazar y Markey (de Colorado), Boyd y Kosmas (de Florida), Ellsworth y Hill (de Indiana), Pomeroy (Dakota del Norte), Wilson y Boccieri (de Ohio), Dahlkemper y Carney (de Pennsylvania), Spratt (Carolina del Sur), Perriello (Virginia), Mollohan y Rahall (de Virginia Occidental).

Para más inri, de este grupo cuatro habían votado en contra en noviembre, pero las presiones de Pelosi y sus "whips" les llevaron a votar ahora a favor, dando el margen de victoria a los demócratas: Boccieri, Boyd, Kosmas y Markey (ocho demócratas votaron no en noviembre y sí en marzo, y cinco a la inversa)

También corrieron algún riesgo varios demócratas en "swing districts" (distritos ganados por Obama en 2008 pero ganados por Bush en 2004 y/o 2000), que ya veremos como responden en noviembre, cuando Obama no esté en la papeleta.

- Demócratas que se arriesgaron al votar en contra: un grupo respetable de congresistas demócratas en distritos ganados por Obama en las presidenciales de 2008 votaron en contra del proyecto de ley, arriesgándose en algunos casos a un desafío en las primarias: Adler (Nueva Jersey), Arcuri (Nueva York), Barrow (Georgia), Artur Davis (Alabama), Kissell (Carolina del Norte), Lipinski (Illinois), Lynch (Massachusetts), McMahon (Nueva York), Nye (Virginia).

(Arcuri, Lipinski y Lynch votaron "sí" en Noviembre, pero "no" ahora, lo cual es un tanto incoherente, porque, como digo, el proyecto aprobado ahora, el del Senado, es ligeramente más "de derechas" que el aprobado por el Congreso en noviembre).

En todo caso, varios de estos demócratas han votado en contra por cuanto aunque Obama ganó en su distrito en 2008, en años anteriores su distrito había votado republicano, en algunos casos de manera muy pronunciada: eso es cierto en el caso de Adler, Arcuri, Barrow, Kissell, McMahon (para ser exactos, McMahon representa a un distrito en el que Obama no ganó, aunque Gore sí en el 2000) y Nye. Todos estos demócratas piensan que en ausencia de Obama, sus distritos serán en 2010 más blancos y más difíciles de ganar, por lo que no les interesaba votar a favor de este proyecto. Pero al votar así, cabe que sean desafiados por su flanco izquierdo, aunque ya veremos, porque en cada ciclo sólo dos o tres primarias tienen éxito.

Más sorprendente es el voto de Lipinski y Lynch (que representan a distritos demócratas muy seguros) y que votaron sí en noviembre. Lipinski contaba a su favor con el hecho de que las primarias de Illinois se celebraron ya en febrero, por lo que no podía padecer represalias. Lynch, al parecer, quiere presentarse al Senado en 2012 contra Scott Brown, pero sospecho que un voto en contra de la reforma sanitaria le invalida como candidato de por vida en una primaria demócrata para cualquier puesto más elevado.

Artur Davis votó en contra porque quiere ser el primer gobernador negro de Alabama, un Estado enormemente conservador (misión imposible, en mi opinión, especialmente este año).

- Demócratas que votaron en conciencia: todos los demócratas que ya han anunciado su retirada votaron "en conciencia", en el sentido de que ni el partido en unas primarias ni sus votantes en las elecciones podían derrotarles. La mayoría de los demócratas que se retiran en 2010 votaron a favor del proyecto, como es lógico, pero dos lo hicieron en contra: Berry (Arkansas) y Tanner (Tennessee), lo cual demuestra que no toda la oposición al proyecto por parte de ciertos demócratas venía derivada del miedo a perder unas elecciones, y que algunos demócratas sureños ven con preocupación esta reforma (los últimos restos del antiguo Partido Demócrata del Sur, del cual quedan ya pocos exponentes en el Congreso- congresistas demócratas en distritos mayoritariamente rurales, blancos y envejecidos). Berry votó "Sí" al proyecto más "de izquierdas" que el Congreso aprobó en noviembre, sin embargo, lo que hace su voto ahora algo incongruente.

- Republicanos "valientes" (por votar en contra): para acabar una entrada ya demasiado densa, recordemos que 34 republicanos representan a distritos ganados por Obama en 2008. Sin embargo, ninguno votó a favor de la reforma. La mayoría de ellos, razonablemente confiados en que en 2010 sus distritos no apoyarán a los demócratas en la misma medida en que apoyaron a Obama. En cuanto a los seis republicanos que representan a distritos ganados no sólo por Obama, sino por Kerry y Gore en 2000, sus congresistas parecen creer que las circunstancias de 2010 les favorecerán para ganar a pesar de todo (dos de ellos, Castle de Delaware y Kirk de Illinois, se presentan al Senado). Sólo un republicano se ha "suicidado" con su voto: Anh Cao, de Louisiana, que con un distrito que votó por Obama en un 75%, tiene ahora todos los números para ser derrotado en 2010 (su distrito, que consiste básicamente en la ciudad de Nueva Orleans, es abrumadoramente negro y, por lo tanto, demócrata).

sábado, 27 de marzo de 2010

Lecturas (y vídeos) recomendados para el fin de semana: David Frum y la lucha por el alma conservadora

Las reacciones conservadoras a la aprobación de la ley de reforma del sistema de seguros médicos en Estados Unidos han sido en su inmensa mayoría "negacionistas" (algo así como "no es posible que esto nos esté pasando a nosotros"). Las voces críticas dentro del movimiento conservador son escasas y se encuentran cada vez más aisladas en un movimiento que valora mucho más la uniformidad y la ortodoxia que el pensamiento crítico (a los demócratas no les pasa eso en la misma medida, aunque quizá sea la tenencia o la ausencia del poder la que determina el grado de tolerancia dentro de un movimiento político. Por eso los demócratas eran tan sectarios en los 70 y los 80).

Este blog tiene una sana tendencia a incluir entre sus lecturas a dos tipos de analistas: "dorks" (o sea, empollones interesados más en la sustancia que en la superficie de las cosas: Ezra Klein y Reihan Salam son dos buenos ejemplos) y muy especialmente conservadores y liberales críticos con sus propios segmentos ideológicos (gente como David Frum entre los primeros y Matthew Yglesias entre los segundos, por citar los dos ejemplos más conspicuos).

David Frum, en concreto, ha padecido una semana muy dura: el domingo 21, tras la votación en el Congreso, publicó en su página web, FrumForum, un excelente artículo titulado "Waterloo", que empieza con la siguiente y devastadora frase: "Conservatives and Republicans today suffered their most crushing legislative defeat since the 1960s." (cosa que, por lo demás, es totalmente cierta; se trata de la derrota más dura sufrida por los conservadores en el terreno legislativo desde la aprobación del programa de la Gran Sociedad por parte de Johnson entre 1964 y 1968; no tanto de los republicanos, muchos de los cuales votaron por las reformas de Johnson por aquel entonces).

La lectura del resto de la columna es obligada para cualquier conservador que quiera entender cuál es la situación real del movimiento conservador norteamericano hoy en día, y no la versión torticera y sesgada que emana del mundo FOX: de los Glenn Becks, Rush Limbaughs, Sean Hannitys y demás ralea que chillan y se desgañitan en busca de mayores audiencias (para eso les pagan), mientras conducen a los republicanos a una derrota tras otra.

Lamentablemente, el artículo ha sido recibido por la gran masa acritíca del movimiento conservador como una traición: David Frum ha sido insultado (aunque también defendido) a lo largo y ancho de Internet (Andrew Sullivan, otro conservador al que se acusa de apostasía, resume aquí algunos de los  mejores  -y peores- momentos de la semana).

Pero la respuesta institucional conservadora más evidente se produjo los dos días después del artículo de Frum: un editorial del Wall Street Journal atacó injustamente a Frum el lunes 23, y ese mismo día el AEI (American Enterprise Institute), el gran "think-tank" conservador, forzó la dimisión de Frum como miembro del mismo - cobraba 100.000 dólares al año, que es un dineral- por presiones de sus donantes (el AEI, claro está, lo niega; aquí está la explicación de Frum. Y aquí está un pequeño análisis de Matthew Yglesias que sospecho se acerca a la verdad.)

Lo más preocupante de todo esto es que no estamos hablando de un republicano liberal que en realidad es un DINO ("Democrat in Name Only"). Frum es un republicano de moderado a conservador dependiendo del tema (es "pro-choice" y "pro-gay", pero también es uno de los mayores halcones conservadores en política exterior y un auténtico conservador fiscal. Fue una de las primeras voces que atacó a George W. Bush por la nominación de Harriet Miers al Tribunal Supremo y, por contra, defendió la nominación de John Roberts como un auténtico modelo conservador).

Quizá lo más fácil es dejar que sea él mismo el que se defina, por escrito, y en esta magnífica entrevista (vídeo de 27 minutos de obligado visionado) que le hicieron en la televisión canadiense hace unos meses, y que resume los grandes peligros que acechan al Partido Republicano en los próximos años: la sumisión al populismo anti-intelectual (o sea, a Sarah Palin), la tentación de pensar sólo en sus votantes más fiables (los blancos mayores de 65), lo que Frum llama "Americans on their way out", y no en los "Americans on their way in" (jóvenes y especialmente hispanos), etc.

Por resumir en pocas líneas: el Partido Republicano se enfrenta hoy al mismo riesgo que el Partido Demócrata tras 1968: hablar sólo para los convencidos, y no para una mayoría. Esa táctica suicida llevó a los demócratas a sus derrotas aniquiladoras en 1972 y 1984. Palin es la garantía para repetir ese resultado (¡pero a la inversa!) en 2012.

jueves, 25 de marzo de 2010

At the end of the quest, victory

Ése era el título de la hermosa reseña que W. H. Auden, el gran poeta, publicó el 22 de enero de 1956 en el New York Times, dedicada a glosar "El Retorno del Rey", la tercera parte de "El Señor de los Anillos" de J.R.R. Tolkien.

Y estos eran mis sentimientos al ver ayer a Barack Obama, 44º Presidente de los Estados Unidos de América, al firmar la ley que reforma el sistema de seguros médicos en Estados Unidos. Obama, en un noble discurso, ensalzó las virtudes de la ley y subrayó el titánico esfuerzo que ha supuesto la aprobación de la misma para el Partido Demócrata, que por primera vez en la historia se ha visto obligado a aprobar una ley de este calibre sin un solo voto del Partido Republicano, cosa que resulta más sorprendente, si cabe, por cuanto:

- La ley finalmente aprobada es muy similar al plan ofrecido por el Senador republicano John Chafee en 1994 (y mi fuente es Norm Ornstein, del American Enterprise Institute, que no es precisamente un nido de peligrosos comunistas, aunque es cierto que Ornstein es posiblemente la persona más "de izquierdas" del AEI).

- El modelo del "Obamacare" no es otro que el "Romneycare", es decir, el sistema de seguro médico cuasiuniversal diseñado en Massachusetts durante el mandato (2003-2007) de Mitt Romney como gobernador republicano de dicho Estado (por eso resulta increíble oír ahora a Romney criticar una ley inspirada en la que él auspició en su Estado; con un matiz: la ley de Obama es fiscalmente responsable, puesto que no sólo no aumentará el déficit, sino que lo reduce. La ley de Romney no lo era).

- La ley finalmente aprobada es el proyecto de ley que salió del Senado, que a su vez es muy similar al proyecto de ley que salió del Comité de Finanzas del Senado, que en su día votó Olympia Snowe. La postura de ésta (y de su compañera Susan Collins de Maine) ha sido sorprendentemente incoherente a lo largo de los últimos meses. Digámoslo claramente: los demócratas ajustaron su proyecto de ley al centro de modo tal que las dos Senadoras republicanas de Maine (y el Senador demócrata más conservador, Ben Nelson, de Nebraska) pudieran votar por la ley. Finalmente, las presiones del liderazgo republicano en el Senado (y en el Congreso) y el temor a que los elementos más extremos de su electorado las derrotaran en unas primarias hicieron que Snowe y Collins se arriesgaran con un voto negativo muy peligroso en su Estado (recordemos que Obama ganó en Maine con el 57,7 % de los votos en 2008, y Snowe se presenta a la reelección en 2012, otro año presidencial).

Lo cierto es, sin embargo, que la ley tuvo que pasar sólo con el voto de los demócratas del Congreso, para un total de 219 a 212. Los 219, como digo, eran todos demócratas, mientras que los 212 eran 178 republicanos y 34 demócratas.

Nate Silver ha explicado de manera muy convincente (como suele) la dinámica del voto demócrata. Como se puede ver en el artículo, hay dos variables determinantes en el voto de los congresistas demócratas:

1) El porcentaje de voto obtenido por Obama en las elecciones de 2008:

[hcpvi7[1]]

Lógicamente, los congresistas en distritos donde Obama obtuvo un pobre resultado han votado en contra de la reforma del seguro sanitario en su mayoría, y viceversa.

2) La segunda variable, por supuesto, es la ideología: los demócratas más liberales han votado masivamente a favor y los moderados y conservadores han votado en contra en números mayores:

[hcpvi3[1]]

En el próximo artículo, analizaremos el porqué de muchos de estos votos. En cualquier caso, hay que señalar y felicitar la extraordinaria tenacidad que han mostrado los tres líderes demócratas: Obama (que se entrevistó con todos los congresistas dudosos, en varios casos más de una vez, para explicarles los beneficios del proyecto y asegurarse su voto), Nancy Pelosi, la Presidenta de la Cámara de Representantes (que una vez más ha mostrado su impresionante capacidad para conseguir ganar los votos de un caucus que a menudo muestra la consistencia del "ejército de Pancho Villa", por usar una frase aznariana), y el gran héroe desconocido de este asunto, Harry Reid, el anticarismático líder demócrata del Senado, que consiguió milagrosamente la unanimidad de su caucus de 60 votos en diciembre para sacar adelante el proyecto de ley que, en definitiva, fue el que se votó en el Congreso este domingo.

Treinta y dos millones de personas (sí, 32.000.000) dispondrán de un seguro médico en los próximos años. Y por una vez, se trata de una reforma que no sólo se paga, sino que servirá para reducir el déficit. Dicho esto, merece la pena señalar que el problema de los costes en el sistema de salud norteamericano es tan grave que sólo una reforma bipartidista podrá afrontarlo. Para ello es necesario que el Partido Republicano vuelva a la senda de la responsabilidad fiscal, que empezó a abandonar con Reagan y que abandonó definitivamente con Bush hijo, que financió dos guerras y una reforma del Medicare con un coste idéntico a la presente exclusivamente a través del déficit (ruego a todos los conservadores la lectura del artículo adjunto, escrito por Bruce Bartlett, que es republicano, y lo que es más importante, conservador de verdad, especialmente en el sentido fiscal).

viernes, 19 de marzo de 2010

Once more, unto the breach, dear friends, once more...

... or close the wall up with our democratic dead.

Espero que Shakespeare me perdone la licencia poética (Acto Segundo, Escena Primera, del Enrique V).

El Congreso afronta este sábado el penúltimo paso de cara a la aprobación de la reforma sanitaria: la aprobación simultánea del proyecto que salió del Senado en Diciembre y de una serie de medidas de reforma de dicho proyecto que a continuación se remitirán al Senado para que éste vote sobre las mismas (la llamada "reconciliation bill").

A día de hoy hay 431 congresistas (hay cuatro vacantes, tres por retirada y una por fallecimiento, todos demócratas), por lo que la mayoría para aprobar la ley es de 216 votos.

¿Disponen los demócratas de esos 216 votos? A día de hoy, 48 horas antes de la votación, parece que les faltan todavía varios votos. Si consultamos este magnífico enlace del Washington Post, la primera impresión es que las posibilidades de que el proyecto de ley sea aprobado son nulas (167 votos a favor, 207 en contra, 57 indecisos). Pero lo cierto es que en la práctica, la inmensa mayoría de los "Indecisos" en la columna del Post son demócratas que votaron por el proyecto de ley del Congreso hace cuatro meses, por lo que su "Sí" ahora es casi seguro. Y no todos los "No" que señala el Post son seguros (aunque sí la gran mayoría)

Para hacerse una idea más clara de la situación en que se encuentra el voto, merece la pena examinar el todavía más afinado cómputo en Firedoglake.com, que tiene ahora mismo la situación así:

195 votos a favor (más 9 probables)= 204
208 votos en contra (más 3 probables)= 211

(recordemos que el número mágico es 216)

Para quien no tenga ganas de mirar tanto número, le resumo en unas pocas líneas la situación:

En Noviembre el proyecto de reforma sanitaria del Congreso fue aprobado por 220 a 215 votos. Desde entonces, como decíamos, cuatro demócratas han abandonado su escaño. De ellos, 3 eran votos por la reforma y uno era contrario. Eso nos dejaría en 217 a 214 votos. El único republicano que votó en noviembre a favor de la reforma (Anh Cao, de Nueva Orleans) ahora dice que votará que no, lo que nos deja en 216 a 215 votos. Por otra parte, seis demócratas que votaron Sí en noviembre ahora dicen que votarán No, mientras que tres que votaron No dicen ahora que votarán Sí. Eso nos deja en 213 a 218.

Ésa es, técnicamente, la situación a día de hoy. Ahora bien, hay que tener en cuenta los siguientes factores:

a) Los sindicatos ya han informado a los demócratas indecisos que el que vote en contra de la reforma sanitaria ya puede olvidarse de su apoyo en las elecciones de medio mandato de 2010 (y en las primarias). Y aunque los sindicatos norteamericanos son débiles comparados con sus homólogos europeos, siguen siendo importantes, especialmente en una primaria demócrata.

b) En Nueva York se da una situación paradójica. Los congresistas de ese Estado se presentan no sólo por el Partido Demócrata o el Republicano, sino también por una serie de pequeños partidos (el Conservador, el Partido de las Familias Trabajadoras, etc) y en la noche electoral se suman todos sus votos a la hora de computar sus apoyos. Pues bien, el Partido de las Familias Trabajadoras de Nueva York ha anunciado a los demócratas que no voten por la reforma sanitaria que les retirarán su apoyo en las elecciones de medio mandato. En el caso de varios congresistas neoyorquinos, dicho apoyo supuso en 2006 y 2008 la diferencia entre la victoria y la derrota.

c) Varios congresistas demócratas que votaron No en noviembre han anunciado desde entonces su retirada, por lo que ahora pueden cambiar su voto sin temor a ser derrotados en noviembre, porque no se van a presentar a la reelección (Bart Gordon, de Tennessee, es el primero que ha hecho eso, pero habrá más).

d) Anh Cao, el congresista republicano que votó a favor en Noviembre, ahora dice que votará que no, pero su distrito es uno de los más demócratas del país. Veremos si aguanta la presión doble que está sufriendo a día de hoy (de su partido por un lado, y de la mayoría de los votantes de su distrito por otro)

e) Hay una consideración general importante: el fracaso de la reforma sanitaria en 1994 fue uno de los motivos coadyuvantes de la masacre que sufrieron los demócratas en las elecciones de medio mandato de ese año. Los demócratas saben, en su fuero interno, que si con una mayoría de 253-178 en el Congreso y 59-41 en el Senado no son capaces de aprobar su proyecto político más importante, serán aniquilados en noviembre y lo que es peor: se lo tendrán merecido.

De ahí la cita de Shakespeare con la que iniciábamos este post: o los demócratas aprueban la reforma de una vez, o simplemente serán aplastados en noviembre de 2010 (sin perjuicio de que perderán escaños, porque eso es lo que ocurre en casi todas las elecciones de medio mandato. Pero hay una diferencia entre perder la mayoría en el Congreso o no perderla).

Esto en cuanto a las cuestiones tácticas. Pero lo importante es que se trata de una reforma sanitaria extraordinaria, la más importante desde la introducción de Medicare y Medicaid por Lyndon Johnson. Ezra Klein resume sus beneficios:

"If you're a liberal House Democrat, here's what you'd be voting against: Legislation that covers 32 million people. A world in which 95 percent of all non-elderly, legal residents have health-care coverage. An end to insurers rescinding coverage for the sick, or discriminating based on preexisting conditions, or spending 30 cents of each premium dollar on things that aren't medical care. Exchanges where insurers who want to jack up premiums will have to publicly explain their reason, where regulators will be able to toss them out based on bad behavior, and where consumers will be able to publicly rate them. Hundreds of billions of dollars in subsidies to help lower-income Americans afford health-care insurance. The final closure of the Medicare Prescription Drug Benefit's "doughnut hole."

If you're a conservative House Democrat, then probably you support many of those policies, too. But you also get the single most ambitious effort the government has ever made to control costs in the health-care sector. According to the Congressional Budget Office, the bill cuts deficits by $130 billion in the first 10 years, and up to $1.2 trillion in the second 10 years. The excise tax is now indexed to inflation, rather than inflation plus one percentage point, and the subsidies grow more slowly over time. So one of the strongest cost controls just got stronger, and the automatic spending growth slowed. And then there are all the other cost controls in the bill: The Medicare Commission, which makes entitlement reform much more possible. The programs to begin paying doctors and hospitals for care rather than volume. The competitive insurance market.

This was a hard bill to write. Pairing the largest coverage increase since the Great Society with the most aggressive cost-control effort isn't easy. And since the cost controls are complicated, while the coverage increase is straightforward, many people don't believe that the Democrats have done it. But to a degree unmatched in recent legislative history, they have.

The Medicare Prescription Drug Benefit didn't try to offset its costs. It just increased the deficit. And Medicare and Medicaid were passed in the days before the Congressional Budget Office even existed. For health-care reform, Democrats have gotten the toughest scorekeeper in Washington to bless their effort, and though many don't think that's good enough, it's a lot more than anyone else has ever done.

People pay a lot of attention to the difficult politics of health-care reform, but at the end of the day, the task of writing the policy will be seen as the harder, and more consequential, element of this effort. But it worked. Democrats got the score they needed, and now they can go to their liberals and say that this is closer to universality than we've ever been, and they can go to their conservatives and say this does more for deficit reduction than has ever been done, and both things will be true.

If this bill does pass on Sunday, that, and not deals or polls or rides on Air Force One, will be why."

Podríamos dejarlo aquí, pero no me resisto a acabar con otra cita, también cortesía de Ezra Klein. Las inmortales palabras de Teddy Roosevelt, que hoy no reconocería ni por asomo al Partido Republicano y progresista que él lideró en su día:

"It is not the critic who counts; not the man who points out how the strong man stumbles, or where the doer of deeds could have done them better. The credit belongs to the man who is actually in the arena, whose face is marred by dust and sweat and blood; who strives valiantly; who errs, who comes short again and again, because there is no effort without error and shortcoming; but who does actually strive to do the deeds; who knows great enthusiasms, the great devotions; who spends himself in a worthy cause; who at the best knows in the end the triumph of high achievement, and who at the worst, if he fails, at least fails while daring greatly, so that his place shall never be with those cold and timid souls who neither know victory nor defeat."

martes, 9 de marzo de 2010

El matrimonio gay en Estados Unidos (2): la batalla judicial

Como decíamos en nuestro artículo anterior, el mayor varapalo sufrido por los gays en los últimos años fue la derrota que padecieron en el referéndum celebrado en California el mismo día de las últimas elecciones presidenciales, en el que algo más del 52% de los californianos decidieron constitucionalizar el veto al matrimonio homosexual.

Tras unos meses de estupor, la reacción gay tomó la forma de una iniciativa judicial ante los tribunales federales para solicitar de estos un pronunciamiento declarando contrario a la Constitución de Estados Unidos la prohibición, incluso por votación popular, de legislación que prohíba el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Lo más curioso es, sin embargo, que los abogados que están representando a dos parejas de lesbianas ante los tribunales son Ted Olson y David Boies, que representaron en su día a George W. Bush y Al Gore en su pelea ante el Tribunal Supremo tras las elecciones presidenciales en Florida en el año 2000.

Y desde luego, lo más sorprendente es la presencia de Ted Olson defendiendo a los gays. Olson es el paradigma del abogado conservador norteamericano. Fue "Solicitor General" (la persona que defiende al Gobierno ante el Tribunal Supremo) entre 2001 y 2004, durante el primer mandato de Bush. Es miembro de la Federalist Society (el bastión de los abogados conservadores norteamericanos). Es una persona sumamente improbable para estar defendiendo los derechos de los gays (pero precisamente eso le convierte en un abogado especialmente efectivo para convencer a los miembros conservadores del Tribunal Supremo, con los que se acabará encontrando este asunto).

Si uno "rasca" un poco, sin embargo, en la biografía de Olson, es perceptible que pertenece más bien al ala "libertaria" del Partido Republicano, lo que le hace un candidato más plausible para la defensa del matrimonio entre personas del mismo sexo. Ha estado casado cuatro veces (no siempre por gusto: su tercera mujer murió en el avión que se estrelló contra el Pentágono el 11 de septiembre de 2001), y su cuarta mujer es demócrata. Y no debería ser ninguna sorpresa para nadie que la persona que más influye ideológicamente a otra suele ser su pareja.

En fin, cuando se inició el caso (Perry v. Schwarzenegger) ante los Tribunales de California Ted Olson publicó un artículo en Newsweek llamado "The Conservative Case for Gay Marriage" cuya lectura recomiendo encarecidamente (especialmente a los lectores conservadores). En él, Olson analiza el matrimonio gay desde el prisma del conservadurismo político y el derecho constitucional norteamericano, señalando lo siguiente:

a) Que los gays quieran que les sea reconocido el derecho a contraer matrimonio es una vindicación de los principios conservadores y la defensa de la institución del matrimonio por parte de los conservadores.

b) El principio de igualdad ante la ley consagrado por la Decimocuarta Enmienda no admite la desigualdad que supone impedir el matrimonio entre personas adultas del mismo sexo que presten su libre consentimiento para ello.

c) Olson ataca los argumentos habituales de los adversarios del matrimonio gay en los siguientes términos:

- El argumento de la "tradición" es poco sostenible, porque lo cierto es que las tradiciones lo son hasta que dejan de serlo (uno está tentado de citar a Gustav Mahler en este terreno y a su famosa aunque no exacta frase: Tradition ist Schlamperei; algo así como "la tradición no es más que un nombre para la dejadez") Homosexuales y lesbianas han existido siempre, y es un signo del progreso y el avance hacia la tolerancia de nuestra sociedad el hecho de que se les permita mantener relaciones estables reguladas por el Derecho Civil con el nombre de matrimonio, en lugar de obligarles a una vida de miedo y persecución (el linchamiento del gay no es precisamente una práctica remota en la historia).

- El argumento de que "el fin del matrimonio es la procreación" es insostenible (quede claro que estamos hablando siempre en el terreno del matrimonio civil): lo cierto es que Estados Unidos permite el matrimonio de personas que han pasado ya la edad de procrear (y el de presos en el corredor de la muerte, y el de personas que no quieren tener hijos), por lo que es evidente que no se puede usar este argumento contra los gays.

- El argumento de que el matrimonio homosexual "daña" el matrimonio heterosexual tampoco se sostiene. Yo estoy casado, y en modo alguno he sentido que mi matrimonio se haya visto dañado cuando España permitió el matrimonio homosexual. Como señala Olson, el abogado que representa a California no fue capaz de decirle al juez federal ni una sola razón por la que el matrimonio heterosexual se vería dañado por el homosexual.

Una divertida estadística preparada por Nate Silver muestra que, de hecho, los Estados norteamericanos que permiten el matrimonio gay tienen menos divorcios por matrimonio que los Estados que han vetado en sus constituciones dicha modalidad de matrimonio (lo que no deja de tener su lógica, por cuanto en realidad el matrimonio gay refuerza y no debilita la institución matrimonial).

- En esencia, se les está diciendo a los gays que sus relaciones son de segunda categoría, y que no merecen la "equal protection of the laws". Se trata de una discriminación de carácter inconstitucional.

- Olson señala que la homosexualidad es una característica genética, tanto como ser zurdo, y que la Constitución, aunque permite la libertad de expresar las convicciones religiosas individuales, no permite la imposición de las mismas a nivel colectivo.

- Por último, Olson señala algo que a muchos conservadores les irrita, pero que me temo que es cierto: la oposición al matrimonio gay se basa en los mismos prejuicios en los que se basaba la oposición al matrimonio interracial hasta 1967, cuanto el Tribunal Supremo lo declaró inconstitucional.

c) La jurisprudencia del Tribunal Supremo conduce inexorablemente hasta el reconocimiento del matrimonio gay. En particular, Lawrence v. Texas (2003), Sentencia en la que el Tribunal, por una mayoría de 5-4 (6-3 en cuanto al resultado), declaró la ley anti-sodomía de Texas como inconstitucional, por cuanto constituía una intromisión inaceptable en la privacidad personal. Me remito a los comentarios de Olson sobre el particular en su artículo, que son muy claros.

d) Olson acaba señalando la incongruencia de que California tenga ahora tres clases de personas en función de su estado civil: heterosexuales que sí pueden casarse (incluyendo condenados a muerte, maltratadores, etc), 18.000 homosexuales y lesbianas que se casaron mientras el matrimonio gay estuvo en vigor, y el resto de homosexuales y lesbianas que ya no pueden casarse (aunque moralmente sean mucho mejores personas que esos asesinos y maltratadores heterosexuales que sí pueden hacerlo).

Insisto: recomiendo la lectura del artículo en su integridad, pues está escrito por un conservador para conservadores, y porque marca los argumentos esenciales que llevarán al Tribunal Supremo a declarar inconstitucional a nivel federal el veto al matrimonio gay en algún momento de esta década.

miércoles, 3 de marzo de 2010

El matrimonio gay en Estados Unidos (1): la larga marcha hacia la igualdad

 El año 2009 fue, cuánto menos, irregular para la comunidad gay estadounidense: tras el doloroso triunfo de la Proposición Ocho en California en noviembre de 2008, que formalizó el veto constitucional al matrimonio homosexual en dicho Estado el mismo día en que Barack Obama ganaba las elecciones presidenciales con el 61% de los votos en California, los gays sufrieron un nuevo rapapolvo en otro Estado sumamente liberal, Maine, donde los votantes, por un margen del 53%, revocaron la ley que el Senado y el Congreso de Maine habían aprobado legalizando el matrimonio gay.

No todo fueron malas noticias, por supuesto: el Tribunal Supremo de Iowa legalizó el matrimonio homosexual en una decisión unánime el 3 de abril (para más inri, redactada por un magistrado nombrado por un gobernador republicano), aunque es dudoso que la misma resista a un referendum similar al de California, constitucionalizando la prohibición al matrimonio homosexual.

Por su parte, el Congreso y el Senado de Vermont legalizaron el matrimonio gay con amplias mayorías de dos tercios (necesarias para superar el veto del gobernador republicano del Estado). La revocación de dicha decisión por parte de los votantes de Vermont, al contrario de lo que ocurrió en Maine, es improbable por un motivo muy sencillo, que pasaremos a analizar acto seguido: las encuestas muestran que ya existe en Vermont una mayoría a favor del matrimonio gay.

Aunque la comunidad gay norteamericana muestra su desencanto con el presidente Obama por lo que consideran insuficiente presión desde la Casa Blanca para modificar el status quo existente en materia de derechos civiles para las parejas homosexuales, lo cierto es que ni el púlpito diario que tienen los presidentes (ni siquiera los elocuentes como Obama) permiten modificar de un día para otro las reticencias (injustificadas) de una parte sustancial de la población norteamericana respecto de los gays. Pese a todo, las tendencias a largo plazo deberían resultar esperanzadoras. Como ya analizamos en su día:

"(...) el 4 de noviembre los votantes de California aprobaron incluir la definición de matrimonio en la Constitución del Estado como exclusivamente la "unión entre hombre y mujer". El resultado fue 52,3% a favor, 47,7% en contra. El problema es que las encuestas a pie de urna reflejan que entre los votantes de 18 a 29 años, el resultado fue 39% a favor, 61% en contra. En otras palabras: que los votantes más viejos son los que están en contra y los votantes más jóvenes están en su mayoría a favor del matrimonio gay (en California). Es una mera cuestión de tiempo (¿10, 15 años?) para que se empiecen a enmendar las Constituciones de los distintos Estados que han prohibido el matrimonio gay para revocar dichas medidas. "

Ese párrafo, escrito hace más de un año, se refuerza con la encuesta que paso a citar, que recoge la evolución del apoyo explícito al matrimonio homosexual en los últimos quince años. Se incluyen tres grupos de encuestas (elaboradas en 1994-1996, 2003-2004 y 2008-2009):

marriage

Como siempre decimos en este blog, una imagen vale más que mil palabras: entre 1993-1994 y 2008-2009 el apoyo de los ciudadanos norteamericanos por el reconocimiento del matrimonio gay ha avanzado sin excepción en todos y cada uno de los 50 Estados de la Unión. En 1993-1994, al principio de la presidencia Clinton, en ningún Estado había un apoyo ni siquiera del 40% al matrimonio gay (Nueva York, con el 36%, era el Estado más receptivo). Hoy hay seis Estados en los que dicho apoyo rebasa el 50% (Nueva York y cinco Estados de Nueva Inglaterra) y cinco Estados en los que el matrimonio gay es legal (una vez más, cuatro Estados de Nueva Inglaterra: Vermont, New Hampshire, Massachusetts y Connecticut, además de Iowa).

El camino por recorrer continúa siendo muy largo, especialmente dada la hostilidad que continúan mostrando especialmente los Estados sureños y del triángulo mormón (en Utah, por ejemplo, el apoyo al matrimonio gay ha pasado de un raquítico 12% a un no mucho mejor 17% en quince años). Pero la tendencia a medio y largo plazo es clara. Y digo aún más: como ya se pudo observar en California, las posiciones hacia el matrimonio gay vienen determinadas en su mayoría por una variable nada sorprendente: la edad. Eso se puede apreciar en otro gráfico concluyente que pasamos a adjuntar:

age

Las encuestas estratifican a los encuestados en cuatro grupos de edad: de 18 a 29 años, de 30 a 44, de 45 a 64 y mayores de 65. Pues bien: como se puede ver a simple vista, cada uno de esos cuatro grupos son menos tolerantes, en una progresión descendente, respecto al matrimonio gay. Así, véase como en Maine los jóvenes apoyan el matrimonio gay con una clara mayoría del 70%, mientras que el apoyo de los jubilados apenas alcanza el 32% (cosa que explica, por lo demás, la derrota del año pasado en el referéndum: en las elecciones en años sin elecciones presidenciales los votantes mayores de 65 años votan siempre mucho más que los jóvenes).

En resumen: la evolución del cuerpo electoral muestra claramente que Estados Unidos se dirige lenta pero seguramente hacia el día en que el matrimonio gay sea legal en sus 50 Estados. Los oponentes al matrimonio gay no sólo se encuentran en el lado equivocado de la historia; se encuentran en el lado equivocado de la estadística, lo cual es todavía más inexorable. La equiparación absoluta de derechos en el campo del matrimonio entre heterosexuales y homosexuales en Estados Unidos es cuestión de tiempo.

domingo, 28 de febrero de 2010

El 'problema negro' en EEUU (2): la discriminación positiva

Ya resaltamos en nuestro anterior comentario que nada ha sido tan dañino para la historia estadounidense como la esclavitud con la que convivió durante casi un siglo y las secuelas que han perdurado durante los 150 años restantes. Cuando los padres fundadores decidieron establecer que todos los hombres eran iguales ante la ley, se debieron olvidar de los que tenían esclavizados en sus haciendas y, claro, un descuido de este calibre iba a tener consecuencias funestas.

Si el siglo XIX vio una Guerra Civil y casi el desmembramiento de la Unión por la llamada cuestión negra, podríamos decir que la segunda mitad del siglo XX ha sido la época del desagravio. El problema es que, en este proceso, se han subvertido algunos de los valores más poderosos de la democracia americana y, evidentemente, tampoco este error ha salido gratis. Si la semana pasada alertábamos sobre los nocivos efectos de gran parte de lo que se ha dado en llamar welfare state, hoy nos centraremos en la que quizás haya sido la más errónea política de la historia reciente de EEUU: la discriminación positiva (por cierto, seguida con parecido entusiasmo por demócratas y republicanos).

La denominada affirmative action es una teoría que establece que se deben intentar reparar en el presente las injusticias que diversos grupos de población (mujeres, indios, minusválidos, afroamericanos,...) han sufrido en el pasado. De esta manera, lo que se pretende no es que los ciudadanos sean iguales ante la ley (el fundamento sobre el que se creó la democracia americana) sino que se intenta conseguir que sean iguales tras la aplicación de la ley.

Este tipo de medidas están basadas en una mezcla de mala conciencia (por lo que los antepasados blancos han podido hacer), corrección política (que los medios se encargan de alentar), ingeniería social (el intervencionismo a derecha e izquierda quiere diseñar una sociedad a su medida porque le da miedo que los hombres libres decidan por sí mismos), paternalismo (políticos, periodistas e intelectuales unidos, para proteger a una sociedad que no sabría organizarse por sí misma) y táctica electoral (se favorece a un grupo social fácilmente identificable para conseguir el apoyo de sus miembros).

El problema es que la arrogancia intervencionista siempre tiene que hacer frente a las más duras realidades cotidianas. Las leyes no se aplican a las sociedades en abstracto, sino a cada una de las personas que viven en el territorio en el que están vigentes. Así, el aparentemente lógico deseo de aumentar la presencia de una minoría en una universidad provocará que un estudiante blanco más preparado (y que se ha esforzado más) vea como el puesto que le corresponde va a parar a un compañero con peores notas. Ni este candidato tiene esclavos trabajando en sus posesiones ni tiene la culpa de que sus tatarabuelos los tuvieran. De esta manera, al trato de favor habitual en el pasado, y que tan penoso nos parece ahora, le ha sucedido una fuerza en sentido contrario, que trata de reparar una injusticia con otra.

Como era de esperar, las medidas de este tipo no sólo no han tenido el efecto esperado, sino que, en muchos casos, han provocado reacciones en la dirección opuesta. Éste es el principal lamento de Thomas Sowell en su muy interesante libro La discriminación positiva en el mundo. Sowell, un liberal de raza negra, escribe lo que nadie se atreve a decir en alto, y lo hace apoyado en estadísticas y ejemplos. Éstas son algunas de sus más inteligentes reflexiones:

Sobre los beneficios para la sociedad: "Tanto los grupos preferentes como los no preferentes reducen sus esfuerzos: los primeros porque no necesitan rendir al máximo, los segundos porque esforzarse al máximo resulta inútil. Se produce una pérdida neta, no una suma cero".

Acerca de su eficacia contra la pobreza: "El porcentaje de familias negras con ingresos inferiores al umbral de la pobreza pasó del 87% al 47% entre 1940 y 1960, antes de la legislación a favor de los derechos civiles. Entre 1960 y 1970, disminuyó un 17% más, y desde entonces, con la discriminación positiva, este índice de pobreza entre los negros sólo ha descendido un 1% adicional".

En la universidad: "Los jóvenes negros con más aptitudes rinden especialmente bien cuando se encuentran entre otros jóvenes con más aptitudes, y no cuando se les educa en presencia de otros estudiantes negros menos aptos. Una masa crítica intelectual produce resultados contrarios a una masa crítica racial. (...) A pesar de que el número de estudiantes negros en Berkeley aumentó en la década de los 80, el número de licenciados negros disminuyó. Estos estudiantes negros sobresalientes (admitidos en Berkeley a causa de la discriminación positiva y con buenas notas, aunque no tan altas como las habituales en esta facultad) podrían haberse licenciado en otras universidades".

La 'justificación' histórica: "Los males de las generaciones pasadas y siglos pasados seguirán siendo males irrevocables a pesar de lo que hagamos en la actualidad".

¿Respeto o caridad?: "Los defensores de la discriminación positiva en EEUU han dado la vuelta completamente a la historia de los negros. En lugar de ganarse el respeto de otros grupos por salir por si solos de la pobreza (como hicieron entre 1940 y 1960), amigos y críticos por igual suelen pensar que los negros deben sus mejoras a los beneficios gubernamentales".

La justificación política: "¿Por qué el progreso social anterior a los 70 (antes de la discriminación positiva) se desecha como la política de ‘no hacer nada’? Porque, independientemente de los beneficios sociales y económicos, ofrece pocas recompensas a los políticos, activistas e intelectuales, o a quienes desean aparecer como moralmente superiores".

jueves, 18 de febrero de 2010

El problema 'negro' en EEUU (1): 'Precious' y el Estado del Bienestar

En primer lugar, queridos lectores, quisiera disculparme en nombre propio y en el de Pedro Soriano, por este largo período de sequía. Diversos acontecimientos de índoles personal (agradables, un nuevo trabajo y un nacimiento) nos han tenido ocupados en este comienzo de 2010. A partir de esta semana, intentaremos no fallar a nuestra cita con esta Batalla...

En su excepcional Historia de EEUU, Paul Johnson dice algo así como que "la esclavitud es el gran pecado original" de este país. Y tiene razón. A los amantes de esta república y de su pasado nos resulta doloroso admitir que los mismos (Washington, Jefferson,...) que luchaban por los más altos principios y que escribieron, defendieron y aplicaron la más maravillosa declaración de derechos nunca conocida, tenían en sus propias fincas a seres humanos privados del acceso a esa misma libertad.

Este pecado, por su magnitud, mantiene, a pesar del siglo y medio que ha transcurrido desde que fue erradicado, profundas huellas en la sociedad estadounidense. No recuerdo a quién escuché decir una vez que los negros eran el único grupo racial o religioso que no había acabado de integrarse en la sociedad americana por una sencilla razón, eran los únicos que no habían llegado voluntariamente. Me parece una reflexión interesante.

Es más, me parece que explica la personalidad y la acogida de Barack Obama entre la población norteamericana. Él es un negro que llegó por su propia voluntad (la de su padre) a EEUU. Así, ni tiene en sus carnes el resentimiento de la esclavitud (y de las leyes raciales que estuvieron vigentes hasta hace menos de cincuenta años); ni los blancos, cuando le ven, sienten el peso y la vergüenza de la injusticia que cometieron sus antepasados.

Me da la sensación de que estos sentimientos siguen estando muy presentes en la sociedad americana y explican el extraordinario crecimiento que experimentan, desde mediados de la década de los sesenta, dos tipos de políticas completamente alejadas del ideal estadounidense: las medidas de discriminación positiva y el welfare state. EEUU se fundó bajo el principio de que todos los hombres son iguales ante la ley y de que cada individuo, con sus propios medios, debe ser capaz de buscar su felicidad (maravillosa expresión jeffersoniana) sin interferencias del Estado. Tanto la discriminación positiva como el welfare state pretenden que sea la ley la que consiga la igualdad clasificando a los individuos según el grupo al que pertenecen (blancos, negros, pobres, ricos, hijos de soltera, jóvenes, viejos, cristianos, musulmanes...); es decir, precisamente aquello de lo que escapaban los primeros peregrinos que llegaron a las playas de Virginia.

Es evidente que hay un poso de mala conciencia socialdemócrata al estilo europeo en todo esto, pero creo que el problema racial pesó más (y sigue pesando más) en la implantación en los EEUU de estas políticas, por eso quería hacer algunas consideraciones al respecto. Hoy me ocuparé del welfare state, y en mi próximo post atacaré la discriminación positiva.

La justificación clásica del welfare state es que el Estado debe ocuparse de aquéllos que no están en condiciones de hacerlo por sí mismos. En principio, esto nos debería llevar a una mera transferencia de rentas, es decir, analizar cuál es el nivel mínimo de ingresos que necesita una persona (por ejemplo: 8.000 dólares al año) y pagar a aquellos que nos los ganen por sí mismos la diferencia. No estoy muy seguro de que una ley de este tipo funcionase, pero creo que al menos sería más justa. No entraría en cuestiones de a qué grupo perteneces o cuáles son tus circunstancias: simplemente daría dinero al que lo necesite. Además, su aplicación sería mucho más barata y bastante menos burocrática.

Sin embargo, lo que tenemos en la actualidad es un estado del bienestar que paga en función de la circunstancias del individuo. Así, los ingresos se tienen en cuenta (es evidente), pero también hay otros muchos factores que pueden ayudar a una persona a convertirse en receptor de ayudas (ser madre soltera, tener más de unos cuantos hijos, ser miembro de una minoría, ser joven o mayor, etc...). El problema es que cuando pagas a alguien por ser algo, puede que también estés incentivando a que se mantenga en esa situación. Es la clásica duda de las prestaciones por desempleo: "si pagas por estar en el paro, hay menos incentivos para salir de esa situación" (y esto lo dice alguien que ha estado cobrando esta prestación hasta hace muy poco).

Pensaba en todos estos temas el otro día, viendo Precious, una maravillosa película sobre una chica negra de Nueva York que vive en el peor de los mundos posibles y que ve como ese mundo es subvencionado generosamente por los servicios públicos de su ciudad. Cuando salí, fui a mi montón de mis papeles viejos y saqué el estudio why not abolish the welfare state? que en 1994 escribieron tres profesores para la NCPA (ya sé que algunos dirán que es una organización conservadora, pero creo que los argumentos deben dirigirse a cuestionar los planteamientos del artículo, no quién lo escribe). Aunque es algo antiguo, es de lo mejor que he leído sobre el tema. Dejo aquí alguno de sus más interesantes comentarios:

1. Sumando todo el dinero que se dedicaba en 1994 a políticas de welfare state se alcanzaban los 350 millones de dólares. Pues bien, repartiendo ese dinero a pelo entre las personas situadas por debajo del índice oficial de pobreza, a cada una le tocarían "8.939 dólares; ó 35.756 para una familia de cuatro, por encima de la media de ingresos nacionales". Cuánto dinero se va por el sumidero en burocracia, políticas mal planteadas, estudios, informes, subvenciones absurdas, receptores que no lo necesitan,...

2. "En 1991, en las diez mayores ciudades de EEUU, más de la mitad de los nacimientos eran de madres solteras (70% entre los negros)". Existe una correlación clara entre nacer en un hogar con uno o dos progenitores y las posibilidades de acabar en la cárcel de mayor. Pagando a las madres solteras o a las que son abandonadas por su marido (de nuevo, repito, hay que ver Precious, por favor) ¿qué incentivos estamos dirigiendo al sector más empobrecido de la sociedad?

3. Si comparamos la ayuda estatal con la que aportan organizaciones privadas, nos damos cuenta de que la primera es "muy difícil de conseguir y muy fácil de mantener", al contrario que la segunda (y de lo que manda la lógica). Es decir, las organizaciones privadas (en España, el equivalente es Caritas) acuden rápidamente a ayudar a las personas que caen en una situación de necesidad (paro, problemas económicos,...). Es muy fácil acudir a uno de sus centros y que te presten ayuda, pero es mucho más difícil mantenerla, porque estas instituciones suelen exigir a los receptores que hagan algo para salir de esa situación. La ayuda pública, por el contrario, es difícil de conseguir, porque hay que superar una enorme barrera burocrática para demostrar que mereces esa ayuda; pero muy fácil de mantener, porque con seguir en la misma situación el cheque llega regularmente a tu domicilio.

4. Como consecuencia, los que reciben ayuda pública tienen un porcentaje muy alto de posibilidades de seguir recibiéndola al cabo de unos años mientras que los que acuden a la privada, salen de su situación de necesidad con mucha más rapidez (y éste debería ser el objetivo de estas políticas). Como dicen los autores del informe, "la mayoría de la gente está capacitada para sostener a sus familias", por lo que, "la ayuda en el corto plazo debería ser accesible a muchos, mientras que la ayuda en el largo plazo debería restringirse a unos pocos".

Seguramente, a aquellos que diseñan estas políticas y que se escudan en sus buenas intenciones todo esto les suene a soflama ultraliberal. El problema es que las intenciones no bastan, hay que ser consciente de los resultados y asumir que una política que reiteradamente falla, a pesar de que cada día reciba más fondos, puede estar equivocada. En cualquier caso, no es necesario que crean mis cifras, ni las de la NCPA... que vayan al cine y hablen un rato con Precious, seguro que esa maravillosa chica llena de sueños puede contarles mucho mejor que yo de qué estamos hablando.