jueves, 6 de mayo de 2010

Elecciones en el Reino Unido (I): los partidos y sus candidatos

Mientras esperamos a que Obama anuncie su candidato para ocupar la vacante de John Paul Stevens en el Tribunal Supremo, vamos a dedicar las siguientes entradas a las elecciones en el Reino Unido, que se celebran hoy.

El Reino Unido elige hoy a 650 diputados (bueno, a 649, porque las elecciones en un distrito se han retrasado por la defunción de un candidato), repartidos en 650 circunscripciones uninominales (es decir, que los votantes de cada distrito eligen a un solo diputado o MP "Member of Parliament" para que les represente en el Parlamento de Westminster).

Los partidos políticos relevantes son los siguientes:

1) Partidos nacionales (es decir, aquellos que se presentan en todas las circunscripciones -o casi todas- en Inglaterra, Escocia y Gales- Irlanda del Norte es un caso especial que comentaremos aparte):

- Partido Conservador: su candidato es David Cameron (43 años), diputado desde 2001 y líder de la oposición desde diciembre de 2005. El Partido Conservador (los "tories") es uno de los dos partidos de gobierno tradicionales a lo largo de los últimos 100 años en el Reino Unido, si bien lleva en la oposición desde 1997.

Como su propio nombre indica, se trata de un partido conservador (aunque menos que sus homólogos del Partido Republicano estadounidense). Contrario a los nacionalismos escoceses y galeses, y con simpatía hacia los protestantes de Irlanda del Norte por su voluntad de permanecer en el Reino Unido, la mayoría de sus miembros son contrarios a la entrada en el euro del Reino Unido, y probablemente también a la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea.

En materia social, David Cameron se ha declarado favorable al uso de anticonceptivos, y a la legalización de las uniones de hecho homosexuales, por ejemplo (una postura que es dudoso que comparta la mayoría de sus votantes). El Partido Conservador, por lo demás, aboga por mantener la "relación especial" con Estados Unidos (con preferencia sobre la Unión Europea), aboga por recortar gastos (aunque no rechaza subir impuestos como los republicanos), defiende la intervención militar en Afganistán, y en general, una política ambiciosa en defensa.

Cameron se ha esforzado mucho desde que asumió el liderazgo en arrastrar al Partido Conservador hacia el centro, que sufrió una tremenda derrota en las elecciones de 1997 y apenas consiguió remontar en las elecciones de 2001 y 2005.

En estas elecciones, aspira por fin a derrotar al Partido Laborista con mayoría absoluta y gobernar el Reino Unido.

- Partido Laborista: su candidato es Gordon Brown (59 años), diputado desde 1983, Chancellor of the Exchequer (Ministro de Economía y Hacienda) entre 1997 y 2007 bajo Tony Blair y Primer Ministro y líder del Partido Laborista desde junio de 2007. El Partido Laborista (los "tories") es el otro de los dos partidos de gobierno tradicionales a lo largo de los últimos 100 años en el Reino Unido, y lleva gobernando desde 1997, en lo que constituye el período de gobierno laborista más largo de la historia del Reino Unido.

El Partido Laborista era tradicionalmente un partido socialista, aunque a raíz de sus sucesivas derrotas durante el mandato de Margaret Thatcher y John Major (1979 a 1997), Tony Blair hizo un esfuerzo por arrastrar al Partido hacia el centro, lo que ha diluido notablemente el carácter izquierdista original del Partido. Su posición es menos hostil a los nacionalistas escoceses y galeses, dado que Blair acordó la devolución de poderes a los Parlamentos de Escocia, Gales e Irlanda del Norte (y Gordon Brown es escocés). La mayoría de sus miembros son europeístas (pero sin mucha calidez).

En materia social, es un partido de centro-izquierda tradicional. Al igual que los conservadores, los laboristas abogan por mantener la "relación especial" con Estados Unidos (no en vano Blair apoyó sin ambages las intervenciones en Irak y Afganistán. Brown ha defendido en campaña que retirar los estímulos públicos de la economía y recortar los gastos como pretenden los conservadores dañará la economía.

Sin embargo, el desgaste sufrido por 13 años de gobierno, unido a una crisis económica sin precedentes desde 1973, por no decir 1929, y a un primer ministro antipático y que ha patinado enormemente a lo largo de la campaña, hacen muy difícil, por no decir imposible, la repetición de una cuarta mayoría laborista. A lo máximo a lo que pueden aspirar honradamente los laboristas es a no hundirse demasiado en las urnas e impedir un Gobierno conservador con mayoría absoluta, y que los liberales-demócratas les superen en número de votos.

- Partido Liberal-Demócrata: su candidato es Nick Clegg (43 años), diputado desde 2005, y líder del partido desde diciembre de 2007. El Partido Liberal-Demócrata es un fenómeno algo difícil de explicar: su antecesor, el Partido Liberal, fue el Partido tradicional de gobierno junto con los conservadores hasta la Primera Guerra Mundial, pero su porcentaje de voto se hundió durante los años 20 y atravesó una larguísima travesía del desierto de cuarenta años, en los que el partido estuvo a punto de desaparecer (en las elecciones de 1951 y 1955 obtuvo menos del 3% de los votos y sólo 6 diputados (en circunscripciones francamente pintorescas, como las Islas Shetland, al norte de Escocia).

A partir de los años 70, sin embargo, los liberales empezaron a recuperarse y rozaron el 20% de los votos en las dos elecciones de 1974. En 1982, la deriva izquierdista del Partido Laborista bajo la dirección de Michael Foot provocó una escision de los elementos más moderados laboristas, que fundaron el Partido Socialdemócrata. Socialdemócratas y liberales se presentaron en coalición ("The Alliance") en las elecciones de 1983, obteniendo nada menos que el 25% de los votos. Lamentablemente, debido al sistema electoral británico, eso se tradujo en menos del 5% de los escaños.

En 1988 socialdemócratas y liberales se fusionaron, fundando el Partido Liberal-Demócrata. Los "lib-dem" se han mantenido como una fuerza relevante en votos (aunque nunca han vuelto a repetir el notable resultado de 1983) pero no en escaños (a día de hoy tienen 63 de 646, menos del 10% de los escaños, pese a que obtuvieron el 22,1% de los votos en las pasadas elecciones).

El Partido Liberal era tradicionalmente un partido centrista, poco relevante. Con su crecimiento a partir de los 70, y especialmente a partir de la fusión con los socialdemócratas, se ha convertido en un partido de centro-izquierda, socialmente liberal (tanto o más que los laboristas) aunque menos estatistas que éstos y más creyentes en las bondades del libre mercado.

El realineamiento político provocado por la decisión de Tony Blair de arrastar al Partido Laborista hacia el centro desde 1997 ha acabado provocando, curiosamente, que los liberales-demócratas se hayan ido moviendo hacia la izquierda, conquistando terreno que Blair iba abandonando (los lib-dem votaron en contra de participar en la guerra de Irak, por ejemplo, y Nick Clegg ha señalado que la relación con Estados Unidos es muy importante, pero no necesariamente "la más importante"). La actitud de los gobiernos de Blair y Brown en materia de libertades civiles también ha provocado ataques de los lib-dem, que en este terreno son sumamente libertarios.

En suma: parece haberse producido una inversión de las posiciones tradicionales centrista- socialista que mantenían liberales y laboristas, y a día de hoy los votantes liberales-demócratas se consideran a sí mismos ligeramente más a la izquierda que los laboristas.

Su líder, Nick Clegg, joven y atractivo, causó una profunda impresión a raíz de los debates televisivos, si bien su inexperiencia y sus posturas generosas y tolerantes respecto a la inmigración le han granjeado críticas de los dos partidos mayoritarios.

El objetivo de Clegg es doble: impedir una mayoría absoluta conservadora y superar en votos (en escaños no puede, debido al sistema electoral británico) al Partido Laborista, para forzar una reforma electoral que imponga un sistema más proporcional y más justo en el Reino Unido.

2) Partidos nacionalistas: esencialmente hay dos: el Partido Nacional Escocés, un partido independentista escocés de centro izquierda que obtuvo el 18% en las últimas elecciones generales, y 7 escaños en Westminster (en las últimas regionales obtuvo el 33% de los votos y formó un gobierno en minoría), y Plaid Cymru, un partido independentista galés tambíen de centro-izquierda que obtuvo el 13% en las últimas elecciones generales, y 3 escaños en Westminster (en las últimas regionales obtuvo el 22% de los votos y gobierna como socio menor de la coalición con los laboristas).

3) Irlanda del Norte: en Irlanda del Norte los tres partidos nacionales o no se presentan a las elecciones (laboristas, y lib-dems) o lo hacen simbólicamente (conservadores). La división política en Irlanda se basa a su vez en la división entre sus dos comunidades religiosas, católicas (independentistas, pro-irlandesas) y protestantes (pro-británicas). Cada comunidad tiene dos partidos, uno moderado, y otro más radical, que a día de hoy se reparten los escaños en Westminster: el Sinn Fein es el partido católico más radical, mientras que el SDLP es el partido católico más moderado. Por su parte, el DUP es el partido protestante más radical, mientras que el UUP es el partido protestante más moderado. Existe una quinta fuerza, minoritaria, llamada "The Alliance" que incluye a protestantes y católicos con voluntad de entenderse.

Los conservadores se presentan en estas elecciones en coalición con la UUP (que lleva varios años atravesando una crisis muy fuerte, por cuanto sus votantes entienden que han hecho demasiadas concesiones a los católicos). Los laboristas apoyan informalmente al SDLP, el partido católico moderado, socialdemócrata. Y los liberales, lógicamente, apoyan a la "Alliance".

Hasta aquí partidos y candidatos. Luego hablaremos del sistema electoral y la distribución del voto.

martes, 27 de abril de 2010

Los posibles sustitutos de Stevens

Siguiendo con nuestro análisis de la inminente vacante que se va a producir en el Tribunal Supremo, diremos que en relación con los posibles candidatos para sustituir a John Paul Stevens, desde el primer momento se vio con claridad que Obama está barajando esencialmente tres nombres:

- Diane Wood, Juez federal del Séptimo Circuito de Apelaciones. Nombrada por Bill Clinton en 1995, fue confirmada unánimemente por el Senado. Es quizá la candidata más "de izquierdas", aunque la distinción es relativamente irrelevante, a la vista de los otros dos candidatos. Más relevante es el hecho de que a) lleva quince años ejerciendo, por lo que ha dictado un gran número de sentencias y disensos que permitirán a los republicanos atacarla en una eventual confirmación, b) que está a punto de cumplir 60 años, lo que la hace un tanto más mayor de lo deseable (siempre se desea que los Jueces del Supremo sean lo más jóvenes posible, a fin de que estén el mayor número de años posible en el Tribunal), y c) es una Juez federal (como los otros ocho actuales Magistrados del Tribunal).

Wood ya estuvo en las listas el año pasado, cuando Sonia Sotomayor fue elegida para sustituir a David Souter. De hecho, al parecer ella hubiera sido elegida de no haber sido por la existencia de Sotomayor (que era más joven, también mujer y además hispana). Ahora Wood tiene la ventaja de que no se enfrenta a una "candidata símbolo" como Sotomayor, y la desventaja de que es un año más vieja (60 es el límite para que a uno le nombren al Tribunal Supremo: eran los años que tenía Ginsburg en 1993 cuando Bill Clinton la nombró, y desde 1972 -cuando Nixon designó a Lewis Powell a los 65 años- no se nombra a un candidato mayor de 60 años para ser miembro del Tribunal).

Ah, y una ventaja adicional: es protestante, como Stevens, que es el único protestante que queda en el Tribunal (hay seis católicos y dos judíos).

- Elena Kagan, "Solicitor General" de los Estados Unidos (la persona encargada de representar al Gobierno ante el Tribunal Supremo) desde 2009 (la votación en el Senado fue de 61 a 31), y con anterioridad, Decana de la Facultad de Harvard entre 2003 y 2008. Fue propuesta como Juez federal del Circuito del Distrito de Columbia por Clinton en 1999, pero los republicanos, que tenían mayoría en el Senado por aquel entonces, bloquearon su nominación para que un presidente republicano pudiera efectuar más nominaciones caso de que ganara las elecciones de 2000 (como de hecho ocurrió). Es vista como algo menos de izquierdas que Wood, y algo más que Merrick Garland (el tercero en discordia), pero insisto en que esto son percepciones puramente subjetivas que no tienen mucho peso. Una vez más, considero más relevante que a) no es Juez federal, lo que tiene dos ventajas: por una parte no ha dictado un montón de sentencias y disensos que permitan a los republicanos atacarla en una eventual confirmación, y por otra le otorga un poco de variedad al Tribunal Supremo, en el que todos sus colegas proceden de los Circuitos federales de Apelaciones, y b) está a punto de cumplir 50 años, que viene a ser la edad mínima para nombrar Jueces para el Tribunal Supremo: con la única excepción de Clarence Thomas, que fue nombrado por George Bush Sr. a los 43 años, todos los Jueces del Supremo en los últimos años tenían entre 50 y 60 años.

Elena Kagan ya estuvo en las listas el año pasado, cuando Sonia Sotomayor fue elegida para sustituir a David Souter, pero no era la candidata más relevante (acababa de empezar a ejercer como Solicitor General). Ahora tiene un año de experiencia en sus alegatos ante el Tribunal Supremo, y es un año más mayor, cosa que es buena. Tiene fama (por su experiencia como Decana en Harvard) de "forjadora de consensos con los conservadores", aunque está por ver que en un Tribunal Supremo lleno de fuertes personalidades, Kagan tenga la capacidad de influencia que ha tenido Stevens.

Por otra parte, es judía, lo que resulta una desventaja dado que hay ya otros dos Jueces judíos en el Supremo (Ginsburg y Breyer). Pero no parece que eso sea la cuestión decisiva.

- Merrick Garland: Juez federal del Circuito de Apelaciones para el Distrito de Columbia. Nombrado por Bill Clinton en 1997, fue confirmado por 76 a 23 votos por el Senado. Es quizá el candidato más "centrista", aunque insisto en que la distinción es irrelevante, a la vista de los otros dos candidatos. Lleva doce años ejerciendo, por lo que ha dictado un gran número de sentencias y disensos, si bien es poco probable que los republicanos le ataquen con mucho afán, por cuanto tiene reputación de moderado. A sus 57 años, es quizá un poco más mayor de lo que desearía Obama, pero no es un requisito insalvable.

Los matices entre los tres candidatos son mínimos: baste con señalar que los tres fueron "clerks" (oficiales) de tres magistrados liberales del Tribunal Supremo (Blackmun, Marshall y Brennan, respectivamente), que los tres trabajaron en la Administración Clinton antes de ser nombrados Jueces federales (o de que Clinton lo intentara, como en el caso de Kagan).

Los tres son respetados profesionalmente por los académicos conservadores (especialmente Wood), y ninguno de los tres es tan liberal como los antiguos leones liberales del Supremo (como Brennan o Marshall). Garland y posiblemente Kagan son ligeramente menos liberales incluso que Stevens (sin que Wood lo sea más).

En resumen: los tres son confirmables ante el Senado: Garland con facilidad (obtuvo 32 votos republicanos en su nominación en 1997), Kagan con más dificultad (obtuvo 7 votos republicanos en su nominación como Solicitor General el año pasado), y Wood sería la que probablemente provocaría mayor crispación entre los republicanos (ha dictado Sentencias en materia de aborto y libertad religiosa que irritan mucho a la gran mayoría de los republicanos del Senado). Pero incluso en el caso de Wood, un "filibuster" (maniobra de obstrucción parlamentaria) es enormemente improbable (la última ocasión fue la nominación de Abe Fortas en 1968 a Presidente del Tribunal Supremo, y realmente las circunstancias en ese caso eran especialísimas: año de elecciones presidenciales, candidato atacado por corrupción, etc).

En todo caso, la opinión enterada opina que la candidata más probable es Kagan, que cumple varios de los requisitos más deseados: joven, no Juez federal, razonablemente liberal, pero no extremista, mujer, y que recibió suficientes votos republicanos ya el año pasado (entre otros, los de las republicanas moderadas de Maine y el de Richard Lugar, el Senador conservador pero eminentemente razonable de Indiana).

En cualquier caso, la semana que viene o la siguiente a más tardar sabremos la solución a estas incógnitas. Para quien quiera leer en mucha mayor profundidad de lo que este esforzado autor puede hacer, aquí van dos perlas de Tom Goldstein, autor del "Supreme Court blog", y especialista absoluto en la materia.

miércoles, 21 de abril de 2010

John Paul Stevens anuncia su retirada (y II)

Comentábamos en nuestro último post con cierto detenimiento las características más relevantes de la jurisprudencia del magistrado John Paul Stevens, que ayer cumplió 90 años y que se retirará al final de este año judicial (en torno al 30 de junio) del Tribunal Supremo de Estados Unidos.

¿Por qué es relevante la retirada de John Paul Stevens? Obviamente, la retirada de cualquier magistrado del Tribunal Supremo es relevante, porque son sólo nueve Magistrados y tienen carácter vitalicio (pueden ejercer como Magistrados hasta que mueran, se retiren por edad ó incapacidad o se vean obligados a dimitir por algún escándalo -esto pasa muy pocas veces; la última vez ocurrió en 1969, cuando Abe Fortas dimitió por un escándalo de corrupción-).

Pero la retirada de Stevens es más importante de lo habitual por varios motivos: en primer lugar, por cuanto lleva 34 años y medio en el Tribunal (12.542 días en la fecha de este post), lo que le convierte en el cuarto Juez más veterano en el cargo de la historia del Tribunal Supremo (el tercero para cuando se retire de aquí a dos meses; está a punto de superar al mítico John Marshall), y el segundo más longevo, sólo por detrás de Oliver Wendell Holmes Jr.

Por supuesto, longevidad y veteranía no bastan para justificar la importancia de un Juez, pero Stevens ha sido un Magistrado enormemente relevante: ha sido el ponente en Sentencias importantísimas, como Hamdan v. Rumsfeld (2006), en la que una mayoría de 5 a 4 mantuvo que las comisiones militares previstas por la Administración Bush para juzgar a los detenidos de Guantánamo violaban el Código de Justicia Militar y las Convenciones de Ginebra, o Atkins v. Virginia (2002), que declaró la inconstitucionalidad de la pena de muerte impuesta a discapacitados psíquicos por 6 a 3.

Pero su mayor importancia, especialmente desde 1994, ha sido su condición de Magistrado decano del Tribunal Supremo, de la que se deriva su poder para asignar la redacción de numerosas opiniones. Esto exige una explicación más detallada.

Tradicionalmente, la decisión de a quién se le asigna la redacción de cada Sentencia del Supremo le corresponde al Presidente del Tribunal Supremo (en la actualidad, John Roberts, nombrado por Bush en 2005), siempre y cuando se encuentre en la mayoría en el caso concreto. Caso de que el Presidente se encuentre en la minoría, la decisión de a quién asignar la redacción de la Sentencia le corresponde al Magistrado con más años de servicio en el Tribunal (posición que ocupa desde 1994 John Paul Stevens), siempre que se encuentre en la mayoría, claro.

El poder de asignación de mayorías es muy importante en un Tribunal tan dividido como el Supremo, especialmente cuando el Presidente del Tribunal Supremo pertenece a una de las alas conservadora o liberal del Tribunal y el magistrado decano pertenece a la otra, como lleva ocurriendo desde 1969 aproximadamente.

Entre 1953 y 1969 el Presidente del Tribunal Supremo era Earl Warren, un exgobernador republicano de California nombrado por Eisenhower que, sin embargo, resultó ser un profundo liberal. Sin embargo, como los magistrados decanos del Supremo en ese período (Black y Douglas) eran tan o más liberales que Warren, y el resto de los miembros del Tribunal eran en su mayoría liberales o centristas, no existía esa tensión conservadores-liberales que se produce en la actualidad. En particular, entre 1962 y 1969 el Tribunal disponía de una sólida mayoría liberal de 5 o 6 magistrados que llevó al Supremo a algunas de sus decisiones más "de izquierdas" (para los estándares americanos).

Desde 1969 y en adelante, en cambio, el Presidente del Tribunal Supremo ha sido un conservador elegido por un republicano, mientras que el magistrado decano del Supremo ha sido durante la mayor parte del tiempo un liberal (curiosamente, también elegido por un republicano).

Así, entre 1969 y 1986 el Presidente del Tribunal Supremo fue Warren Burger, conservador nombrado por Nixon, y su antagonista liberal fue William Brennan, decano del Tribunal entre 1975 y 1990, y encargado, por lo tanto, de asignar las opiniones cuando Burger no se hallaba en la mayoría.

Entre 1986 y 2005, el Presidente del Tribunal Supremo fue William Rehnquist, conservador nombrado primero por Nixon y elevado a la Presidencia por Reagan, y sus antagonistas liberales fueron el ya mencionado Brennan y tras un breve interregno, John Paul Stevens, decano del Tribunal entre 1994 y la actualidad, y que solía encontrarse en el lado opuesto a Rehnquist.

Tras el fallecimiento de Rehnquist en 2005, el Presidente del Tribunal ha sido John Roberts, nombrado por George Bush Jr., y su antagonista liberal durante este primer lustro ha continuado siendo Stevens.

Brennan ha pasado a la historia por su habilidad "para contar hasta cinco" (es decir, para conseguir cinco votos para sus opiniones). Pero como señala este articulo, Brennan contó durante la mayor parte de su período en el Tribunal con un bloque de Magistrados centristas con el que era posible forjar amplias coaliciones.

Stevens ya no contaba con esa ventaja cuando asumió el rol de "líder de los liberales en 1994". En aquel entonces, el Tribunal se componía de tres conservadores (Rehnquist, Scalia y Thomas), cuatro liberales (moderados en comparación con los leones liberales del pasado como Brennan o Thurgood Marshall): Ginsburg, Souter, Breyer y el propio Stevens, y dos conservadores moderados (O' Connor y Kennedy).

Stevens se ha pasado los últimos quince años intentando forjar mayorías compuestas por los cuatro liberales y O'Connor y/o Kennedy. El mecanismo de asignación de la opinión ha sido su gran baza: cuanto Stevens consideraba que el voto más débil con el que contaba su mayoría era el de O' Connor o Kennedy, les asignaba de manera sistemática la opinión. Así se han forjado algunas de las grandes victorias "liberales" en el Supremo en los últimos años: Lawrence v. Texas (inconstitucionalidad de las leyes criminalizadoras de la sodomía) o Roper v. Simmons (inconstitucionalidad de la pena de muerte para menores de edad) fueron opiniones que salieron adelante por 5 a 4, siendo el quinto voto decisivo el de Anthony Kennedy, al que Stevens asignó la opinión en ambos casos (con lo que consiguió solidificar el apoyo de éste).

Por supuesto, el poder de asignación de la opinión llega hasta donde llega: Kennedy y O' Connor son más conservadores que centristas y en numerosos casos no querían (o quieren, en el caso de Kennedy) formar parte de una mayoría que adoptara decisiones más liberales.

Pero ahora, con la retirada de Stevens, se produce por primera vez en muchos años una situación sumamente peculiar: el Presidente del Supremo es conservador, el Juez decano (Scalia) lo es más todavía, el siguiente por antigüedad, Kennedy, es el conservador moderado, y el siguiente Thomas, es el más conservador de todo el Supremo.

Por lo tanto, una mayoría "liberal" de cinco necesitará el voto (por orden de antigüedad) de Kennedy, Ginsburg, Breyer, Sotomayor y el sustituto de Stevens, pero será el propio Kennedy el encargado de asignar la opinión en su condición de "decano del ala liberal".

En otras palabras: para adoptar decisiones liberales, será precisamente el "eslabón más débil" de la cadena, Anthony Kennedy, el encargado de decidir no sólo ya en qué sentido se decantarán los casos más controvertidos, sino quién redactará dichas opiniones.

Así, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos, que ya era conocido como "The Kennedy Court", lo será todavía más en el futuro inmediato.

Para leer más (y mejor, porque este post me ha salido algo confuso) sobre la nueva dinámica en el Tribunal tras la retirada de Stevens, recomiendo este estupendo artículo en SCOTUSblog, y estos dos excelentes artículos breves en el blog Speaking of Stevens sobre la asignación de opiniones por parte de Stevens.

domingo, 18 de abril de 2010

John Paul Stevens anuncia su retirada (I)

El viernes pasado el magistrado del Tribunal Supremo John Paul Stevens informó al Presidente de su intención de retirarse, tras servir como Juez desde el 17 de diciembre de 1975, nada menos.

Stevens está a punto de cumplir 90 años (este 20 de abril), y llevaba enviando señales de su intención de retirarse desde hace diez meses, más o menos, así que su anuncio no ha sido exactamente una sorpresa.

John Paul Stevens constituye uno de los ejemplos clásicos (junto con David Souter, que se retiró ya el año pasado) de magistrados nombrados por presidentes republicanos que, sin embargo, no han respondido en modo alguno a las expectativas del ala conservadora del partido republicano dominante en el mismo desde 1980, más o menos. De hecho, Stevens, que cuando fue nombrado por Gerald Ford en 1975 ya era considerado un centrista y no un conservador, fue moviéndose a la izquierda con los años (de manera especialmente acusada a partir de 1987, si hay que creer el siguiente gráfico, cortesía del estupendo blog Speaking of Stevens, un foro de debate recién iniciado sobre el legado del magistrado):


La fecha resulta especialmente interesante: 1986 fue el año de la retirada de Warren Burger como Presidente del Tribunal y su sustitución por William Rehnquist, juez asociado del Tribunal que era probablemente el miembro más conservador del mismo. Rehnquist, a su vez, fue sustituido por Antonin Scalia, todavía más conservador que Rehnquist. Estos nombramientos constituyeron los dos grandes éxitos de Reagan en su afán por mover el Tribunal Supremo significativamente a la derecha (Sandra Day O' Connor y Anthony Kennedy, en cambio, fueron sus dos fracasos). Y la reacción de Stevens a estos nombramientos conservadores fue moverse a la izquierda.

En una entrevista en 2007, Stevens afirmaba que: "He considers himself a “judicial conservative,” he said, and only appears liberal today because he has been surrounded by increasingly conservative colleagues. “Including myself,” he said, “every judge who’s been appointed to the court since Lewis Powell” — nominated by Richard Nixon in 1971 — “has been more conservative than his or her predecessor. Except maybe Justice Ginsburg. That’s bound to have an effect on the court.”)

A Stevens le gusta decir que él no se ha movido a la izquierda, sino que ha sido el Tribunal el que se ha movido a la derecha durante sus más de 34 años en el mismo. Si bien lo segundo es cierto, lo primero lisa y llanamente no lo es.

Es cierto que de los 13 nombramientos efectuados desde 1969 para servir en el Tribunal Supremo, al menos 11 movieron el Tribunal a la derecha (con la posible excepción de la sustitución de Fortas por Blackmun en 1970 -y eso fue porque Blackmun giró profundamente a la izquierda tras los ataques que recibió por redactar Roe v. Wade, no porque no fuera conservador cuando Nixon lo nombró- y de la sustitución de White por Ginsburg en 1993). Y es cierto que Stevens mismo era y es más conservador que William O. Douglas, al que sustituyó en 1975 (pero es que Douglas era probablemente el magistrado más de izquierdas de todo el siglo XX).

Pero no es menos cierto que Stevens se ha hecho más de izquierdas con los años: en 1976 estaba a favor de la pena de muerte. En 2008, en contra. En 1978 estaba en contra de la "affirmative action". En 2003, a favor. En 1989 estaba a favor de enviar a la cárcel a quienes quemaran banderas de los Estados Unidos. Hoy en día, está en contra. Sé lo que quiere decir cuando se considera a sí mismo "un conservador judicial" (quiere decir que quiere "conservar" los precedentes más importantes en la jurisprudencia del Tribunal Supremo, y no que sean revocados porque haya un cambio en la composición de la mayoría. Pero da la casualidad que muchos de esos precedentes son liberales, y el resultado de defenderlos es, inevitablemente, una jurisprudencia liberal como la del Juez Stevens).

Conste que no digo todo esto como una crítica. Siento una profunda simpatía no sólo ya por la  jurisprudencia, sino por la persona misma de John Paul Stevens. Valga una anécdota personal: cuando en 2005 falleció William Rehnquist, y el presidente Bush nombró a John Roberts para sustituirle, se planteó un problema de protocolo: tradicionalmente, el presidente saliente del Tribunal Supremo toma la jura al presidente entrante (de hecho, es el último acto formal del presidente saliente en su condición de tal). Pero habiendo fallecido Rehnquist ¿quién debía tomarle el juramento al nuevo Presidente? Había que remontarse al precedente de 1953, la última vez que se había producido una vacante por fallecimiento y no por retirada en la presidencia del Supremo. En esa ocasión, el magistrado más antiguo del Tribunal tomó el juramento a Earl Warren. Y en esta ocasión, el magistrado más antiguo (desde 1994, de hecho) era John Paul Stevens.

Y allí fueron los tres: Bush y Roberts, todavía jóvenes (especialmente el segundo), acompañados de un anciano de 85 años (por aquel entonces), pero fresco como una rosa, caminando sin bastón, y vestido con su sempiterna pajarita. Viéndole venir por aquel largo pasillo, me pareció la encarnación misma de la justicia.

En cuanto a la jurisprudencia de Stevens, obviamente 34 años han dado mucho de sí, pero en líneas generales creo que el juicio de la historia será benévolo con él: ha protegido los derechos de las minorías frente a mayorías abusivas, ha defendido de manera generosa el derecho a la libertad de expresión, ha combatido la tendencia natural del sistema jurídico norteamericano a enviar inocentes a la cárcel (cuando no al otro barrio), ha conseguido aunar mayorías en el Supremo capaces de bloquear la expansión indiscriminada del poder ejecutivo contra las libertades civiles.

Para quien quiera leer algunos de los análisis más interesantes sobre la vida y la jurisprudencia de Stevens, los siguientes son muy recomendables:

- Este análisis de Dahlia Lithwick y Sonja West en Slate sobre la "empatía" de Stevens (entendida en su mejor sentido).
- Este largo ensayo sobre Stevens en el New Yorker, por Jeffrey Toobin.
- El ya mencionado blog Speaking of Stevens.
- Otro análisis, esta vez de Jeffrey Rosen, en el New York Times.

Quizá el tributo más hermoso se lo otorgó precisamente Gerald Ford, que le había nombrado; un presidente republicano de otra época (igual que John Paul Stevens era un republicano de otra época). En septiembre de 2005 se celebraba en la Fordham University School of Law un seminario sobre los treinta años de jurisprudencia de Stevens. Ford contribuyó al mismo enviando esta memorable carta al decano de la facultad de Fordham, de la que extracto los pasajes más emocionantes:

“Historians study the significant diplomatic, legislative, and economic events that occurred during a Presidential term to evaluate that Presidency. Normally, little or no attention is given to the long term effects of that President’s Supreme Court nominees…

Let that not be the case with my Presidency. For I am prepared to allow history’s judgment of my term in office to rest (if necessary, exclusively) on my nomination thirty years ago of John Paul Stevens to the U.S. Supreme Court. I endorse his constitutional views on the secular character of the Establishment Clause and the Free Exercise Clause, on securing procedural safeguards in criminal [cases] and on the Constitution’s broad grant of regulatory authority to Congress. I include as well my special admiration for his charming wit and sense of humour...

He has served his nation well, at all times carrying out his judicial duties with dignity, intellect and without partisan political concerns. Justice Stevens has made me, and our fellow citizens, proud of my three decade old decision to appoint him to the Supreme Court. I wish him long life, good health, and many more years on the bench".

El decano de la Universidad de Fordham ha contado que cuando le entregó la carta del presidente Ford a Stevens, éste tenía lágrimas en sus ojos. Pero lo cierto es que Ford tenía razón: John Paul Stevens ha sido uno de los grandes magistrados de la historia del Tribunal Supremo, y constituye quizá la máxima aportación de Gerald Ford, un presidente infravalorado, a la historia de su país.

domingo, 4 de abril de 2010

¿Cómo votaron los congresistas y por qué?

Merece la pena dedicarle una última entrada a la votación de la reforma del seguro sanitario en el Congreso, con el fin de ir cerrando cabos, ahora que Washington empieza a vislumbrar en el horizonte numerosas otras votaciones de mucho calado: la ratificación por el Senado del nuevo tratado de reducción de armas nucleares con Rusia, la inminente y casi segura retirada de John Paul Stevens del Tribunal Supremo, y especialmente el proyecto de regulación del sistema financiero, que será el escenario de otra titánica batalla entre demócratas y republicanos.

Recordemos que la votación salió adelante con 219 votos a favor (todos demócratas) y 212 en contra (178 republicanos y 34 demócratas). Dentro de ambos bloques es preciso señalar la existencia de cinco grupos de votantes, más allá de los demócratas y republicanos en distritos seguros:

- Demócratas que votaron en contra "porque no tenían otro remedio": Altmire (de Pennsylvania), Boren (Oklahoma), Boucher (Virginia), Bright (Alabama), Chandler (Kentucky), Childers (Mississipi), Lincoln Davis (Tennessee), Edwards (Texas), Herseth Sandlin (Dakota del Sur), Holden (Pennsylvania), Kratovil (Maryland), Marshall (Georgia), Matheson (Utah), McIntyre (Carolina del Norte), Melancon (Louisiana), Minnick (Idaho), Peterson (Minnesota), Ross (Arkansas), Shuler (Carolina del Norte), Skelton (Missouri), Space (Ohio), Taylor (Mississipi), Teague (Nuevo Mexico). Todos ellos representan a distritos perdidos por Obama en 2008 (y por Kerry en 2004, y con una excepción, por Gore en 2000). Se trata, por lo tanto, de distritos muy republicanos, y estos congresistas simplemente sabían que se arriesgaban muchísimo en noviembre si votaban a favor de la reforma del seguro sanitario ahora. (Cuestión distinta es si le merece la pena al Partido Demócrata tener congresistas que votan contra el partido en todas las votaciones importantes. Esto es una cuestión importante, que discutiremos en una entrada aparte sobre "la teoría del congresista inútil". Ya avanzo que no todos los congresistas de esta lista son "inútiles", aunque alguno sí).

Todos estos congresistas votaron ya en noviembre contra el proyecto de reforma del seguro sanitario del Congreso. La única excepción es Zack Space, del 18º distrito de Ohio, que en Noviembre votó a favor de dicho proyecto de ley (levemente más "de izquierdas") y esta vez se asustó (o recordó que su distrito votó a McCain en un 60%) y votó en contra (cosa que abre un bonito flanco a su oponente republicano, que le podrá acusar, con perfecta razón, de incoherencia (la defensa que en su día empleó John Kerry: "primero voté a favor antes de votar en contra"; no le fue de mucha ayuda a éste en las presidenciales de 2004).

- Demócratas "valientes" (por votar a favor): básicamente, todos los demócratas en distritos ganados por McCain en 2008 que votaron a favor de la reforma corrieron un riesgo considerable (y no son poca gente): Kirkpatrick, Mitchell y Giffords (de Arizona), Salazar y Markey (de Colorado), Boyd y Kosmas (de Florida), Ellsworth y Hill (de Indiana), Pomeroy (Dakota del Norte), Wilson y Boccieri (de Ohio), Dahlkemper y Carney (de Pennsylvania), Spratt (Carolina del Sur), Perriello (Virginia), Mollohan y Rahall (de Virginia Occidental).

Para más inri, de este grupo cuatro habían votado en contra en noviembre, pero las presiones de Pelosi y sus "whips" les llevaron a votar ahora a favor, dando el margen de victoria a los demócratas: Boccieri, Boyd, Kosmas y Markey (ocho demócratas votaron no en noviembre y sí en marzo, y cinco a la inversa)

También corrieron algún riesgo varios demócratas en "swing districts" (distritos ganados por Obama en 2008 pero ganados por Bush en 2004 y/o 2000), que ya veremos como responden en noviembre, cuando Obama no esté en la papeleta.

- Demócratas que se arriesgaron al votar en contra: un grupo respetable de congresistas demócratas en distritos ganados por Obama en las presidenciales de 2008 votaron en contra del proyecto de ley, arriesgándose en algunos casos a un desafío en las primarias: Adler (Nueva Jersey), Arcuri (Nueva York), Barrow (Georgia), Artur Davis (Alabama), Kissell (Carolina del Norte), Lipinski (Illinois), Lynch (Massachusetts), McMahon (Nueva York), Nye (Virginia).

(Arcuri, Lipinski y Lynch votaron "sí" en Noviembre, pero "no" ahora, lo cual es un tanto incoherente, porque, como digo, el proyecto aprobado ahora, el del Senado, es ligeramente más "de derechas" que el aprobado por el Congreso en noviembre).

En todo caso, varios de estos demócratas han votado en contra por cuanto aunque Obama ganó en su distrito en 2008, en años anteriores su distrito había votado republicano, en algunos casos de manera muy pronunciada: eso es cierto en el caso de Adler, Arcuri, Barrow, Kissell, McMahon (para ser exactos, McMahon representa a un distrito en el que Obama no ganó, aunque Gore sí en el 2000) y Nye. Todos estos demócratas piensan que en ausencia de Obama, sus distritos serán en 2010 más blancos y más difíciles de ganar, por lo que no les interesaba votar a favor de este proyecto. Pero al votar así, cabe que sean desafiados por su flanco izquierdo, aunque ya veremos, porque en cada ciclo sólo dos o tres primarias tienen éxito.

Más sorprendente es el voto de Lipinski y Lynch (que representan a distritos demócratas muy seguros) y que votaron sí en noviembre. Lipinski contaba a su favor con el hecho de que las primarias de Illinois se celebraron ya en febrero, por lo que no podía padecer represalias. Lynch, al parecer, quiere presentarse al Senado en 2012 contra Scott Brown, pero sospecho que un voto en contra de la reforma sanitaria le invalida como candidato de por vida en una primaria demócrata para cualquier puesto más elevado.

Artur Davis votó en contra porque quiere ser el primer gobernador negro de Alabama, un Estado enormemente conservador (misión imposible, en mi opinión, especialmente este año).

- Demócratas que votaron en conciencia: todos los demócratas que ya han anunciado su retirada votaron "en conciencia", en el sentido de que ni el partido en unas primarias ni sus votantes en las elecciones podían derrotarles. La mayoría de los demócratas que se retiran en 2010 votaron a favor del proyecto, como es lógico, pero dos lo hicieron en contra: Berry (Arkansas) y Tanner (Tennessee), lo cual demuestra que no toda la oposición al proyecto por parte de ciertos demócratas venía derivada del miedo a perder unas elecciones, y que algunos demócratas sureños ven con preocupación esta reforma (los últimos restos del antiguo Partido Demócrata del Sur, del cual quedan ya pocos exponentes en el Congreso- congresistas demócratas en distritos mayoritariamente rurales, blancos y envejecidos). Berry votó "Sí" al proyecto más "de izquierdas" que el Congreso aprobó en noviembre, sin embargo, lo que hace su voto ahora algo incongruente.

- Republicanos "valientes" (por votar en contra): para acabar una entrada ya demasiado densa, recordemos que 34 republicanos representan a distritos ganados por Obama en 2008. Sin embargo, ninguno votó a favor de la reforma. La mayoría de ellos, razonablemente confiados en que en 2010 sus distritos no apoyarán a los demócratas en la misma medida en que apoyaron a Obama. En cuanto a los seis republicanos que representan a distritos ganados no sólo por Obama, sino por Kerry y Gore en 2000, sus congresistas parecen creer que las circunstancias de 2010 les favorecerán para ganar a pesar de todo (dos de ellos, Castle de Delaware y Kirk de Illinois, se presentan al Senado). Sólo un republicano se ha "suicidado" con su voto: Anh Cao, de Louisiana, que con un distrito que votó por Obama en un 75%, tiene ahora todos los números para ser derrotado en 2010 (su distrito, que consiste básicamente en la ciudad de Nueva Orleans, es abrumadoramente negro y, por lo tanto, demócrata).

sábado, 27 de marzo de 2010

Lecturas (y vídeos) recomendados para el fin de semana: David Frum y la lucha por el alma conservadora

Las reacciones conservadoras a la aprobación de la ley de reforma del sistema de seguros médicos en Estados Unidos han sido en su inmensa mayoría "negacionistas" (algo así como "no es posible que esto nos esté pasando a nosotros"). Las voces críticas dentro del movimiento conservador son escasas y se encuentran cada vez más aisladas en un movimiento que valora mucho más la uniformidad y la ortodoxia que el pensamiento crítico (a los demócratas no les pasa eso en la misma medida, aunque quizá sea la tenencia o la ausencia del poder la que determina el grado de tolerancia dentro de un movimiento político. Por eso los demócratas eran tan sectarios en los 70 y los 80).

Este blog tiene una sana tendencia a incluir entre sus lecturas a dos tipos de analistas: "dorks" (o sea, empollones interesados más en la sustancia que en la superficie de las cosas: Ezra Klein y Reihan Salam son dos buenos ejemplos) y muy especialmente conservadores y liberales críticos con sus propios segmentos ideológicos (gente como David Frum entre los primeros y Matthew Yglesias entre los segundos, por citar los dos ejemplos más conspicuos).

David Frum, en concreto, ha padecido una semana muy dura: el domingo 21, tras la votación en el Congreso, publicó en su página web, FrumForum, un excelente artículo titulado "Waterloo", que empieza con la siguiente y devastadora frase: "Conservatives and Republicans today suffered their most crushing legislative defeat since the 1960s." (cosa que, por lo demás, es totalmente cierta; se trata de la derrota más dura sufrida por los conservadores en el terreno legislativo desde la aprobación del programa de la Gran Sociedad por parte de Johnson entre 1964 y 1968; no tanto de los republicanos, muchos de los cuales votaron por las reformas de Johnson por aquel entonces).

La lectura del resto de la columna es obligada para cualquier conservador que quiera entender cuál es la situación real del movimiento conservador norteamericano hoy en día, y no la versión torticera y sesgada que emana del mundo FOX: de los Glenn Becks, Rush Limbaughs, Sean Hannitys y demás ralea que chillan y se desgañitan en busca de mayores audiencias (para eso les pagan), mientras conducen a los republicanos a una derrota tras otra.

Lamentablemente, el artículo ha sido recibido por la gran masa acritíca del movimiento conservador como una traición: David Frum ha sido insultado (aunque también defendido) a lo largo y ancho de Internet (Andrew Sullivan, otro conservador al que se acusa de apostasía, resume aquí algunos de los  mejores  -y peores- momentos de la semana).

Pero la respuesta institucional conservadora más evidente se produjo los dos días después del artículo de Frum: un editorial del Wall Street Journal atacó injustamente a Frum el lunes 23, y ese mismo día el AEI (American Enterprise Institute), el gran "think-tank" conservador, forzó la dimisión de Frum como miembro del mismo - cobraba 100.000 dólares al año, que es un dineral- por presiones de sus donantes (el AEI, claro está, lo niega; aquí está la explicación de Frum. Y aquí está un pequeño análisis de Matthew Yglesias que sospecho se acerca a la verdad.)

Lo más preocupante de todo esto es que no estamos hablando de un republicano liberal que en realidad es un DINO ("Democrat in Name Only"). Frum es un republicano de moderado a conservador dependiendo del tema (es "pro-choice" y "pro-gay", pero también es uno de los mayores halcones conservadores en política exterior y un auténtico conservador fiscal. Fue una de las primeras voces que atacó a George W. Bush por la nominación de Harriet Miers al Tribunal Supremo y, por contra, defendió la nominación de John Roberts como un auténtico modelo conservador).

Quizá lo más fácil es dejar que sea él mismo el que se defina, por escrito, y en esta magnífica entrevista (vídeo de 27 minutos de obligado visionado) que le hicieron en la televisión canadiense hace unos meses, y que resume los grandes peligros que acechan al Partido Republicano en los próximos años: la sumisión al populismo anti-intelectual (o sea, a Sarah Palin), la tentación de pensar sólo en sus votantes más fiables (los blancos mayores de 65), lo que Frum llama "Americans on their way out", y no en los "Americans on their way in" (jóvenes y especialmente hispanos), etc.

Por resumir en pocas líneas: el Partido Republicano se enfrenta hoy al mismo riesgo que el Partido Demócrata tras 1968: hablar sólo para los convencidos, y no para una mayoría. Esa táctica suicida llevó a los demócratas a sus derrotas aniquiladoras en 1972 y 1984. Palin es la garantía para repetir ese resultado (¡pero a la inversa!) en 2012.

jueves, 25 de marzo de 2010

At the end of the quest, victory

Ése era el título de la hermosa reseña que W. H. Auden, el gran poeta, publicó el 22 de enero de 1956 en el New York Times, dedicada a glosar "El Retorno del Rey", la tercera parte de "El Señor de los Anillos" de J.R.R. Tolkien.

Y estos eran mis sentimientos al ver ayer a Barack Obama, 44º Presidente de los Estados Unidos de América, al firmar la ley que reforma el sistema de seguros médicos en Estados Unidos. Obama, en un noble discurso, ensalzó las virtudes de la ley y subrayó el titánico esfuerzo que ha supuesto la aprobación de la misma para el Partido Demócrata, que por primera vez en la historia se ha visto obligado a aprobar una ley de este calibre sin un solo voto del Partido Republicano, cosa que resulta más sorprendente, si cabe, por cuanto:

- La ley finalmente aprobada es muy similar al plan ofrecido por el Senador republicano John Chafee en 1994 (y mi fuente es Norm Ornstein, del American Enterprise Institute, que no es precisamente un nido de peligrosos comunistas, aunque es cierto que Ornstein es posiblemente la persona más "de izquierdas" del AEI).

- El modelo del "Obamacare" no es otro que el "Romneycare", es decir, el sistema de seguro médico cuasiuniversal diseñado en Massachusetts durante el mandato (2003-2007) de Mitt Romney como gobernador republicano de dicho Estado (por eso resulta increíble oír ahora a Romney criticar una ley inspirada en la que él auspició en su Estado; con un matiz: la ley de Obama es fiscalmente responsable, puesto que no sólo no aumentará el déficit, sino que lo reduce. La ley de Romney no lo era).

- La ley finalmente aprobada es el proyecto de ley que salió del Senado, que a su vez es muy similar al proyecto de ley que salió del Comité de Finanzas del Senado, que en su día votó Olympia Snowe. La postura de ésta (y de su compañera Susan Collins de Maine) ha sido sorprendentemente incoherente a lo largo de los últimos meses. Digámoslo claramente: los demócratas ajustaron su proyecto de ley al centro de modo tal que las dos Senadoras republicanas de Maine (y el Senador demócrata más conservador, Ben Nelson, de Nebraska) pudieran votar por la ley. Finalmente, las presiones del liderazgo republicano en el Senado (y en el Congreso) y el temor a que los elementos más extremos de su electorado las derrotaran en unas primarias hicieron que Snowe y Collins se arriesgaran con un voto negativo muy peligroso en su Estado (recordemos que Obama ganó en Maine con el 57,7 % de los votos en 2008, y Snowe se presenta a la reelección en 2012, otro año presidencial).

Lo cierto es, sin embargo, que la ley tuvo que pasar sólo con el voto de los demócratas del Congreso, para un total de 219 a 212. Los 219, como digo, eran todos demócratas, mientras que los 212 eran 178 republicanos y 34 demócratas.

Nate Silver ha explicado de manera muy convincente (como suele) la dinámica del voto demócrata. Como se puede ver en el artículo, hay dos variables determinantes en el voto de los congresistas demócratas:

1) El porcentaje de voto obtenido por Obama en las elecciones de 2008:

[hcpvi7[1]]

Lógicamente, los congresistas en distritos donde Obama obtuvo un pobre resultado han votado en contra de la reforma del seguro sanitario en su mayoría, y viceversa.

2) La segunda variable, por supuesto, es la ideología: los demócratas más liberales han votado masivamente a favor y los moderados y conservadores han votado en contra en números mayores:

[hcpvi3[1]]

En el próximo artículo, analizaremos el porqué de muchos de estos votos. En cualquier caso, hay que señalar y felicitar la extraordinaria tenacidad que han mostrado los tres líderes demócratas: Obama (que se entrevistó con todos los congresistas dudosos, en varios casos más de una vez, para explicarles los beneficios del proyecto y asegurarse su voto), Nancy Pelosi, la Presidenta de la Cámara de Representantes (que una vez más ha mostrado su impresionante capacidad para conseguir ganar los votos de un caucus que a menudo muestra la consistencia del "ejército de Pancho Villa", por usar una frase aznariana), y el gran héroe desconocido de este asunto, Harry Reid, el anticarismático líder demócrata del Senado, que consiguió milagrosamente la unanimidad de su caucus de 60 votos en diciembre para sacar adelante el proyecto de ley que, en definitiva, fue el que se votó en el Congreso este domingo.

Treinta y dos millones de personas (sí, 32.000.000) dispondrán de un seguro médico en los próximos años. Y por una vez, se trata de una reforma que no sólo se paga, sino que servirá para reducir el déficit. Dicho esto, merece la pena señalar que el problema de los costes en el sistema de salud norteamericano es tan grave que sólo una reforma bipartidista podrá afrontarlo. Para ello es necesario que el Partido Republicano vuelva a la senda de la responsabilidad fiscal, que empezó a abandonar con Reagan y que abandonó definitivamente con Bush hijo, que financió dos guerras y una reforma del Medicare con un coste idéntico a la presente exclusivamente a través del déficit (ruego a todos los conservadores la lectura del artículo adjunto, escrito por Bruce Bartlett, que es republicano, y lo que es más importante, conservador de verdad, especialmente en el sentido fiscal).

viernes, 19 de marzo de 2010

Once more, unto the breach, dear friends, once more...

... or close the wall up with our democratic dead.

Espero que Shakespeare me perdone la licencia poética (Acto Segundo, Escena Primera, del Enrique V).

El Congreso afronta este sábado el penúltimo paso de cara a la aprobación de la reforma sanitaria: la aprobación simultánea del proyecto que salió del Senado en Diciembre y de una serie de medidas de reforma de dicho proyecto que a continuación se remitirán al Senado para que éste vote sobre las mismas (la llamada "reconciliation bill").

A día de hoy hay 431 congresistas (hay cuatro vacantes, tres por retirada y una por fallecimiento, todos demócratas), por lo que la mayoría para aprobar la ley es de 216 votos.

¿Disponen los demócratas de esos 216 votos? A día de hoy, 48 horas antes de la votación, parece que les faltan todavía varios votos. Si consultamos este magnífico enlace del Washington Post, la primera impresión es que las posibilidades de que el proyecto de ley sea aprobado son nulas (167 votos a favor, 207 en contra, 57 indecisos). Pero lo cierto es que en la práctica, la inmensa mayoría de los "Indecisos" en la columna del Post son demócratas que votaron por el proyecto de ley del Congreso hace cuatro meses, por lo que su "Sí" ahora es casi seguro. Y no todos los "No" que señala el Post son seguros (aunque sí la gran mayoría)

Para hacerse una idea más clara de la situación en que se encuentra el voto, merece la pena examinar el todavía más afinado cómputo en Firedoglake.com, que tiene ahora mismo la situación así:

195 votos a favor (más 9 probables)= 204
208 votos en contra (más 3 probables)= 211

(recordemos que el número mágico es 216)

Para quien no tenga ganas de mirar tanto número, le resumo en unas pocas líneas la situación:

En Noviembre el proyecto de reforma sanitaria del Congreso fue aprobado por 220 a 215 votos. Desde entonces, como decíamos, cuatro demócratas han abandonado su escaño. De ellos, 3 eran votos por la reforma y uno era contrario. Eso nos dejaría en 217 a 214 votos. El único republicano que votó en noviembre a favor de la reforma (Anh Cao, de Nueva Orleans) ahora dice que votará que no, lo que nos deja en 216 a 215 votos. Por otra parte, seis demócratas que votaron Sí en noviembre ahora dicen que votarán No, mientras que tres que votaron No dicen ahora que votarán Sí. Eso nos deja en 213 a 218.

Ésa es, técnicamente, la situación a día de hoy. Ahora bien, hay que tener en cuenta los siguientes factores:

a) Los sindicatos ya han informado a los demócratas indecisos que el que vote en contra de la reforma sanitaria ya puede olvidarse de su apoyo en las elecciones de medio mandato de 2010 (y en las primarias). Y aunque los sindicatos norteamericanos son débiles comparados con sus homólogos europeos, siguen siendo importantes, especialmente en una primaria demócrata.

b) En Nueva York se da una situación paradójica. Los congresistas de ese Estado se presentan no sólo por el Partido Demócrata o el Republicano, sino también por una serie de pequeños partidos (el Conservador, el Partido de las Familias Trabajadoras, etc) y en la noche electoral se suman todos sus votos a la hora de computar sus apoyos. Pues bien, el Partido de las Familias Trabajadoras de Nueva York ha anunciado a los demócratas que no voten por la reforma sanitaria que les retirarán su apoyo en las elecciones de medio mandato. En el caso de varios congresistas neoyorquinos, dicho apoyo supuso en 2006 y 2008 la diferencia entre la victoria y la derrota.

c) Varios congresistas demócratas que votaron No en noviembre han anunciado desde entonces su retirada, por lo que ahora pueden cambiar su voto sin temor a ser derrotados en noviembre, porque no se van a presentar a la reelección (Bart Gordon, de Tennessee, es el primero que ha hecho eso, pero habrá más).

d) Anh Cao, el congresista republicano que votó a favor en Noviembre, ahora dice que votará que no, pero su distrito es uno de los más demócratas del país. Veremos si aguanta la presión doble que está sufriendo a día de hoy (de su partido por un lado, y de la mayoría de los votantes de su distrito por otro)

e) Hay una consideración general importante: el fracaso de la reforma sanitaria en 1994 fue uno de los motivos coadyuvantes de la masacre que sufrieron los demócratas en las elecciones de medio mandato de ese año. Los demócratas saben, en su fuero interno, que si con una mayoría de 253-178 en el Congreso y 59-41 en el Senado no son capaces de aprobar su proyecto político más importante, serán aniquilados en noviembre y lo que es peor: se lo tendrán merecido.

De ahí la cita de Shakespeare con la que iniciábamos este post: o los demócratas aprueban la reforma de una vez, o simplemente serán aplastados en noviembre de 2010 (sin perjuicio de que perderán escaños, porque eso es lo que ocurre en casi todas las elecciones de medio mandato. Pero hay una diferencia entre perder la mayoría en el Congreso o no perderla).

Esto en cuanto a las cuestiones tácticas. Pero lo importante es que se trata de una reforma sanitaria extraordinaria, la más importante desde la introducción de Medicare y Medicaid por Lyndon Johnson. Ezra Klein resume sus beneficios:

"If you're a liberal House Democrat, here's what you'd be voting against: Legislation that covers 32 million people. A world in which 95 percent of all non-elderly, legal residents have health-care coverage. An end to insurers rescinding coverage for the sick, or discriminating based on preexisting conditions, or spending 30 cents of each premium dollar on things that aren't medical care. Exchanges where insurers who want to jack up premiums will have to publicly explain their reason, where regulators will be able to toss them out based on bad behavior, and where consumers will be able to publicly rate them. Hundreds of billions of dollars in subsidies to help lower-income Americans afford health-care insurance. The final closure of the Medicare Prescription Drug Benefit's "doughnut hole."

If you're a conservative House Democrat, then probably you support many of those policies, too. But you also get the single most ambitious effort the government has ever made to control costs in the health-care sector. According to the Congressional Budget Office, the bill cuts deficits by $130 billion in the first 10 years, and up to $1.2 trillion in the second 10 years. The excise tax is now indexed to inflation, rather than inflation plus one percentage point, and the subsidies grow more slowly over time. So one of the strongest cost controls just got stronger, and the automatic spending growth slowed. And then there are all the other cost controls in the bill: The Medicare Commission, which makes entitlement reform much more possible. The programs to begin paying doctors and hospitals for care rather than volume. The competitive insurance market.

This was a hard bill to write. Pairing the largest coverage increase since the Great Society with the most aggressive cost-control effort isn't easy. And since the cost controls are complicated, while the coverage increase is straightforward, many people don't believe that the Democrats have done it. But to a degree unmatched in recent legislative history, they have.

The Medicare Prescription Drug Benefit didn't try to offset its costs. It just increased the deficit. And Medicare and Medicaid were passed in the days before the Congressional Budget Office even existed. For health-care reform, Democrats have gotten the toughest scorekeeper in Washington to bless their effort, and though many don't think that's good enough, it's a lot more than anyone else has ever done.

People pay a lot of attention to the difficult politics of health-care reform, but at the end of the day, the task of writing the policy will be seen as the harder, and more consequential, element of this effort. But it worked. Democrats got the score they needed, and now they can go to their liberals and say that this is closer to universality than we've ever been, and they can go to their conservatives and say this does more for deficit reduction than has ever been done, and both things will be true.

If this bill does pass on Sunday, that, and not deals or polls or rides on Air Force One, will be why."

Podríamos dejarlo aquí, pero no me resisto a acabar con otra cita, también cortesía de Ezra Klein. Las inmortales palabras de Teddy Roosevelt, que hoy no reconocería ni por asomo al Partido Republicano y progresista que él lideró en su día:

"It is not the critic who counts; not the man who points out how the strong man stumbles, or where the doer of deeds could have done them better. The credit belongs to the man who is actually in the arena, whose face is marred by dust and sweat and blood; who strives valiantly; who errs, who comes short again and again, because there is no effort without error and shortcoming; but who does actually strive to do the deeds; who knows great enthusiasms, the great devotions; who spends himself in a worthy cause; who at the best knows in the end the triumph of high achievement, and who at the worst, if he fails, at least fails while daring greatly, so that his place shall never be with those cold and timid souls who neither know victory nor defeat."

martes, 9 de marzo de 2010

El matrimonio gay en Estados Unidos (2): la batalla judicial

Como decíamos en nuestro artículo anterior, el mayor varapalo sufrido por los gays en los últimos años fue la derrota que padecieron en el referéndum celebrado en California el mismo día de las últimas elecciones presidenciales, en el que algo más del 52% de los californianos decidieron constitucionalizar el veto al matrimonio homosexual.

Tras unos meses de estupor, la reacción gay tomó la forma de una iniciativa judicial ante los tribunales federales para solicitar de estos un pronunciamiento declarando contrario a la Constitución de Estados Unidos la prohibición, incluso por votación popular, de legislación que prohíba el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Lo más curioso es, sin embargo, que los abogados que están representando a dos parejas de lesbianas ante los tribunales son Ted Olson y David Boies, que representaron en su día a George W. Bush y Al Gore en su pelea ante el Tribunal Supremo tras las elecciones presidenciales en Florida en el año 2000.

Y desde luego, lo más sorprendente es la presencia de Ted Olson defendiendo a los gays. Olson es el paradigma del abogado conservador norteamericano. Fue "Solicitor General" (la persona que defiende al Gobierno ante el Tribunal Supremo) entre 2001 y 2004, durante el primer mandato de Bush. Es miembro de la Federalist Society (el bastión de los abogados conservadores norteamericanos). Es una persona sumamente improbable para estar defendiendo los derechos de los gays (pero precisamente eso le convierte en un abogado especialmente efectivo para convencer a los miembros conservadores del Tribunal Supremo, con los que se acabará encontrando este asunto).

Si uno "rasca" un poco, sin embargo, en la biografía de Olson, es perceptible que pertenece más bien al ala "libertaria" del Partido Republicano, lo que le hace un candidato más plausible para la defensa del matrimonio entre personas del mismo sexo. Ha estado casado cuatro veces (no siempre por gusto: su tercera mujer murió en el avión que se estrelló contra el Pentágono el 11 de septiembre de 2001), y su cuarta mujer es demócrata. Y no debería ser ninguna sorpresa para nadie que la persona que más influye ideológicamente a otra suele ser su pareja.

En fin, cuando se inició el caso (Perry v. Schwarzenegger) ante los Tribunales de California Ted Olson publicó un artículo en Newsweek llamado "The Conservative Case for Gay Marriage" cuya lectura recomiendo encarecidamente (especialmente a los lectores conservadores). En él, Olson analiza el matrimonio gay desde el prisma del conservadurismo político y el derecho constitucional norteamericano, señalando lo siguiente:

a) Que los gays quieran que les sea reconocido el derecho a contraer matrimonio es una vindicación de los principios conservadores y la defensa de la institución del matrimonio por parte de los conservadores.

b) El principio de igualdad ante la ley consagrado por la Decimocuarta Enmienda no admite la desigualdad que supone impedir el matrimonio entre personas adultas del mismo sexo que presten su libre consentimiento para ello.

c) Olson ataca los argumentos habituales de los adversarios del matrimonio gay en los siguientes términos:

- El argumento de la "tradición" es poco sostenible, porque lo cierto es que las tradiciones lo son hasta que dejan de serlo (uno está tentado de citar a Gustav Mahler en este terreno y a su famosa aunque no exacta frase: Tradition ist Schlamperei; algo así como "la tradición no es más que un nombre para la dejadez") Homosexuales y lesbianas han existido siempre, y es un signo del progreso y el avance hacia la tolerancia de nuestra sociedad el hecho de que se les permita mantener relaciones estables reguladas por el Derecho Civil con el nombre de matrimonio, en lugar de obligarles a una vida de miedo y persecución (el linchamiento del gay no es precisamente una práctica remota en la historia).

- El argumento de que "el fin del matrimonio es la procreación" es insostenible (quede claro que estamos hablando siempre en el terreno del matrimonio civil): lo cierto es que Estados Unidos permite el matrimonio de personas que han pasado ya la edad de procrear (y el de presos en el corredor de la muerte, y el de personas que no quieren tener hijos), por lo que es evidente que no se puede usar este argumento contra los gays.

- El argumento de que el matrimonio homosexual "daña" el matrimonio heterosexual tampoco se sostiene. Yo estoy casado, y en modo alguno he sentido que mi matrimonio se haya visto dañado cuando España permitió el matrimonio homosexual. Como señala Olson, el abogado que representa a California no fue capaz de decirle al juez federal ni una sola razón por la que el matrimonio heterosexual se vería dañado por el homosexual.

Una divertida estadística preparada por Nate Silver muestra que, de hecho, los Estados norteamericanos que permiten el matrimonio gay tienen menos divorcios por matrimonio que los Estados que han vetado en sus constituciones dicha modalidad de matrimonio (lo que no deja de tener su lógica, por cuanto en realidad el matrimonio gay refuerza y no debilita la institución matrimonial).

- En esencia, se les está diciendo a los gays que sus relaciones son de segunda categoría, y que no merecen la "equal protection of the laws". Se trata de una discriminación de carácter inconstitucional.

- Olson señala que la homosexualidad es una característica genética, tanto como ser zurdo, y que la Constitución, aunque permite la libertad de expresar las convicciones religiosas individuales, no permite la imposición de las mismas a nivel colectivo.

- Por último, Olson señala algo que a muchos conservadores les irrita, pero que me temo que es cierto: la oposición al matrimonio gay se basa en los mismos prejuicios en los que se basaba la oposición al matrimonio interracial hasta 1967, cuanto el Tribunal Supremo lo declaró inconstitucional.

c) La jurisprudencia del Tribunal Supremo conduce inexorablemente hasta el reconocimiento del matrimonio gay. En particular, Lawrence v. Texas (2003), Sentencia en la que el Tribunal, por una mayoría de 5-4 (6-3 en cuanto al resultado), declaró la ley anti-sodomía de Texas como inconstitucional, por cuanto constituía una intromisión inaceptable en la privacidad personal. Me remito a los comentarios de Olson sobre el particular en su artículo, que son muy claros.

d) Olson acaba señalando la incongruencia de que California tenga ahora tres clases de personas en función de su estado civil: heterosexuales que sí pueden casarse (incluyendo condenados a muerte, maltratadores, etc), 18.000 homosexuales y lesbianas que se casaron mientras el matrimonio gay estuvo en vigor, y el resto de homosexuales y lesbianas que ya no pueden casarse (aunque moralmente sean mucho mejores personas que esos asesinos y maltratadores heterosexuales que sí pueden hacerlo).

Insisto: recomiendo la lectura del artículo en su integridad, pues está escrito por un conservador para conservadores, y porque marca los argumentos esenciales que llevarán al Tribunal Supremo a declarar inconstitucional a nivel federal el veto al matrimonio gay en algún momento de esta década.

miércoles, 3 de marzo de 2010

El matrimonio gay en Estados Unidos (1): la larga marcha hacia la igualdad

 El año 2009 fue, cuánto menos, irregular para la comunidad gay estadounidense: tras el doloroso triunfo de la Proposición Ocho en California en noviembre de 2008, que formalizó el veto constitucional al matrimonio homosexual en dicho Estado el mismo día en que Barack Obama ganaba las elecciones presidenciales con el 61% de los votos en California, los gays sufrieron un nuevo rapapolvo en otro Estado sumamente liberal, Maine, donde los votantes, por un margen del 53%, revocaron la ley que el Senado y el Congreso de Maine habían aprobado legalizando el matrimonio gay.

No todo fueron malas noticias, por supuesto: el Tribunal Supremo de Iowa legalizó el matrimonio homosexual en una decisión unánime el 3 de abril (para más inri, redactada por un magistrado nombrado por un gobernador republicano), aunque es dudoso que la misma resista a un referendum similar al de California, constitucionalizando la prohibición al matrimonio homosexual.

Por su parte, el Congreso y el Senado de Vermont legalizaron el matrimonio gay con amplias mayorías de dos tercios (necesarias para superar el veto del gobernador republicano del Estado). La revocación de dicha decisión por parte de los votantes de Vermont, al contrario de lo que ocurrió en Maine, es improbable por un motivo muy sencillo, que pasaremos a analizar acto seguido: las encuestas muestran que ya existe en Vermont una mayoría a favor del matrimonio gay.

Aunque la comunidad gay norteamericana muestra su desencanto con el presidente Obama por lo que consideran insuficiente presión desde la Casa Blanca para modificar el status quo existente en materia de derechos civiles para las parejas homosexuales, lo cierto es que ni el púlpito diario que tienen los presidentes (ni siquiera los elocuentes como Obama) permiten modificar de un día para otro las reticencias (injustificadas) de una parte sustancial de la población norteamericana respecto de los gays. Pese a todo, las tendencias a largo plazo deberían resultar esperanzadoras. Como ya analizamos en su día:

"(...) el 4 de noviembre los votantes de California aprobaron incluir la definición de matrimonio en la Constitución del Estado como exclusivamente la "unión entre hombre y mujer". El resultado fue 52,3% a favor, 47,7% en contra. El problema es que las encuestas a pie de urna reflejan que entre los votantes de 18 a 29 años, el resultado fue 39% a favor, 61% en contra. En otras palabras: que los votantes más viejos son los que están en contra y los votantes más jóvenes están en su mayoría a favor del matrimonio gay (en California). Es una mera cuestión de tiempo (¿10, 15 años?) para que se empiecen a enmendar las Constituciones de los distintos Estados que han prohibido el matrimonio gay para revocar dichas medidas. "

Ese párrafo, escrito hace más de un año, se refuerza con la encuesta que paso a citar, que recoge la evolución del apoyo explícito al matrimonio homosexual en los últimos quince años. Se incluyen tres grupos de encuestas (elaboradas en 1994-1996, 2003-2004 y 2008-2009):

marriage

Como siempre decimos en este blog, una imagen vale más que mil palabras: entre 1993-1994 y 2008-2009 el apoyo de los ciudadanos norteamericanos por el reconocimiento del matrimonio gay ha avanzado sin excepción en todos y cada uno de los 50 Estados de la Unión. En 1993-1994, al principio de la presidencia Clinton, en ningún Estado había un apoyo ni siquiera del 40% al matrimonio gay (Nueva York, con el 36%, era el Estado más receptivo). Hoy hay seis Estados en los que dicho apoyo rebasa el 50% (Nueva York y cinco Estados de Nueva Inglaterra) y cinco Estados en los que el matrimonio gay es legal (una vez más, cuatro Estados de Nueva Inglaterra: Vermont, New Hampshire, Massachusetts y Connecticut, además de Iowa).

El camino por recorrer continúa siendo muy largo, especialmente dada la hostilidad que continúan mostrando especialmente los Estados sureños y del triángulo mormón (en Utah, por ejemplo, el apoyo al matrimonio gay ha pasado de un raquítico 12% a un no mucho mejor 17% en quince años). Pero la tendencia a medio y largo plazo es clara. Y digo aún más: como ya se pudo observar en California, las posiciones hacia el matrimonio gay vienen determinadas en su mayoría por una variable nada sorprendente: la edad. Eso se puede apreciar en otro gráfico concluyente que pasamos a adjuntar:

age

Las encuestas estratifican a los encuestados en cuatro grupos de edad: de 18 a 29 años, de 30 a 44, de 45 a 64 y mayores de 65. Pues bien: como se puede ver a simple vista, cada uno de esos cuatro grupos son menos tolerantes, en una progresión descendente, respecto al matrimonio gay. Así, véase como en Maine los jóvenes apoyan el matrimonio gay con una clara mayoría del 70%, mientras que el apoyo de los jubilados apenas alcanza el 32% (cosa que explica, por lo demás, la derrota del año pasado en el referéndum: en las elecciones en años sin elecciones presidenciales los votantes mayores de 65 años votan siempre mucho más que los jóvenes).

En resumen: la evolución del cuerpo electoral muestra claramente que Estados Unidos se dirige lenta pero seguramente hacia el día en que el matrimonio gay sea legal en sus 50 Estados. Los oponentes al matrimonio gay no sólo se encuentran en el lado equivocado de la historia; se encuentran en el lado equivocado de la estadística, lo cual es todavía más inexorable. La equiparación absoluta de derechos en el campo del matrimonio entre heterosexuales y homosexuales en Estados Unidos es cuestión de tiempo.