domingo, 18 de abril de 2010

John Paul Stevens anuncia su retirada (I)

El viernes pasado el magistrado del Tribunal Supremo John Paul Stevens informó al Presidente de su intención de retirarse, tras servir como Juez desde el 17 de diciembre de 1975, nada menos.

Stevens está a punto de cumplir 90 años (este 20 de abril), y llevaba enviando señales de su intención de retirarse desde hace diez meses, más o menos, así que su anuncio no ha sido exactamente una sorpresa.

John Paul Stevens constituye uno de los ejemplos clásicos (junto con David Souter, que se retiró ya el año pasado) de magistrados nombrados por presidentes republicanos que, sin embargo, no han respondido en modo alguno a las expectativas del ala conservadora del partido republicano dominante en el mismo desde 1980, más o menos. De hecho, Stevens, que cuando fue nombrado por Gerald Ford en 1975 ya era considerado un centrista y no un conservador, fue moviéndose a la izquierda con los años (de manera especialmente acusada a partir de 1987, si hay que creer el siguiente gráfico, cortesía del estupendo blog Speaking of Stevens, un foro de debate recién iniciado sobre el legado del magistrado):


La fecha resulta especialmente interesante: 1986 fue el año de la retirada de Warren Burger como Presidente del Tribunal y su sustitución por William Rehnquist, juez asociado del Tribunal que era probablemente el miembro más conservador del mismo. Rehnquist, a su vez, fue sustituido por Antonin Scalia, todavía más conservador que Rehnquist. Estos nombramientos constituyeron los dos grandes éxitos de Reagan en su afán por mover el Tribunal Supremo significativamente a la derecha (Sandra Day O' Connor y Anthony Kennedy, en cambio, fueron sus dos fracasos). Y la reacción de Stevens a estos nombramientos conservadores fue moverse a la izquierda.

En una entrevista en 2007, Stevens afirmaba que: "He considers himself a “judicial conservative,” he said, and only appears liberal today because he has been surrounded by increasingly conservative colleagues. “Including myself,” he said, “every judge who’s been appointed to the court since Lewis Powell” — nominated by Richard Nixon in 1971 — “has been more conservative than his or her predecessor. Except maybe Justice Ginsburg. That’s bound to have an effect on the court.”)

A Stevens le gusta decir que él no se ha movido a la izquierda, sino que ha sido el Tribunal el que se ha movido a la derecha durante sus más de 34 años en el mismo. Si bien lo segundo es cierto, lo primero lisa y llanamente no lo es.

Es cierto que de los 13 nombramientos efectuados desde 1969 para servir en el Tribunal Supremo, al menos 11 movieron el Tribunal a la derecha (con la posible excepción de la sustitución de Fortas por Blackmun en 1970 -y eso fue porque Blackmun giró profundamente a la izquierda tras los ataques que recibió por redactar Roe v. Wade, no porque no fuera conservador cuando Nixon lo nombró- y de la sustitución de White por Ginsburg en 1993). Y es cierto que Stevens mismo era y es más conservador que William O. Douglas, al que sustituyó en 1975 (pero es que Douglas era probablemente el magistrado más de izquierdas de todo el siglo XX).

Pero no es menos cierto que Stevens se ha hecho más de izquierdas con los años: en 1976 estaba a favor de la pena de muerte. En 2008, en contra. En 1978 estaba en contra de la "affirmative action". En 2003, a favor. En 1989 estaba a favor de enviar a la cárcel a quienes quemaran banderas de los Estados Unidos. Hoy en día, está en contra. Sé lo que quiere decir cuando se considera a sí mismo "un conservador judicial" (quiere decir que quiere "conservar" los precedentes más importantes en la jurisprudencia del Tribunal Supremo, y no que sean revocados porque haya un cambio en la composición de la mayoría. Pero da la casualidad que muchos de esos precedentes son liberales, y el resultado de defenderlos es, inevitablemente, una jurisprudencia liberal como la del Juez Stevens).

Conste que no digo todo esto como una crítica. Siento una profunda simpatía no sólo ya por la  jurisprudencia, sino por la persona misma de John Paul Stevens. Valga una anécdota personal: cuando en 2005 falleció William Rehnquist, y el presidente Bush nombró a John Roberts para sustituirle, se planteó un problema de protocolo: tradicionalmente, el presidente saliente del Tribunal Supremo toma la jura al presidente entrante (de hecho, es el último acto formal del presidente saliente en su condición de tal). Pero habiendo fallecido Rehnquist ¿quién debía tomarle el juramento al nuevo Presidente? Había que remontarse al precedente de 1953, la última vez que se había producido una vacante por fallecimiento y no por retirada en la presidencia del Supremo. En esa ocasión, el magistrado más antiguo del Tribunal tomó el juramento a Earl Warren. Y en esta ocasión, el magistrado más antiguo (desde 1994, de hecho) era John Paul Stevens.

Y allí fueron los tres: Bush y Roberts, todavía jóvenes (especialmente el segundo), acompañados de un anciano de 85 años (por aquel entonces), pero fresco como una rosa, caminando sin bastón, y vestido con su sempiterna pajarita. Viéndole venir por aquel largo pasillo, me pareció la encarnación misma de la justicia.

En cuanto a la jurisprudencia de Stevens, obviamente 34 años han dado mucho de sí, pero en líneas generales creo que el juicio de la historia será benévolo con él: ha protegido los derechos de las minorías frente a mayorías abusivas, ha defendido de manera generosa el derecho a la libertad de expresión, ha combatido la tendencia natural del sistema jurídico norteamericano a enviar inocentes a la cárcel (cuando no al otro barrio), ha conseguido aunar mayorías en el Supremo capaces de bloquear la expansión indiscriminada del poder ejecutivo contra las libertades civiles.

Para quien quiera leer algunos de los análisis más interesantes sobre la vida y la jurisprudencia de Stevens, los siguientes son muy recomendables:

- Este análisis de Dahlia Lithwick y Sonja West en Slate sobre la "empatía" de Stevens (entendida en su mejor sentido).
- Este largo ensayo sobre Stevens en el New Yorker, por Jeffrey Toobin.
- El ya mencionado blog Speaking of Stevens.
- Otro análisis, esta vez de Jeffrey Rosen, en el New York Times.

Quizá el tributo más hermoso se lo otorgó precisamente Gerald Ford, que le había nombrado; un presidente republicano de otra época (igual que John Paul Stevens era un republicano de otra época). En septiembre de 2005 se celebraba en la Fordham University School of Law un seminario sobre los treinta años de jurisprudencia de Stevens. Ford contribuyó al mismo enviando esta memorable carta al decano de la facultad de Fordham, de la que extracto los pasajes más emocionantes:

“Historians study the significant diplomatic, legislative, and economic events that occurred during a Presidential term to evaluate that Presidency. Normally, little or no attention is given to the long term effects of that President’s Supreme Court nominees…

Let that not be the case with my Presidency. For I am prepared to allow history’s judgment of my term in office to rest (if necessary, exclusively) on my nomination thirty years ago of John Paul Stevens to the U.S. Supreme Court. I endorse his constitutional views on the secular character of the Establishment Clause and the Free Exercise Clause, on securing procedural safeguards in criminal [cases] and on the Constitution’s broad grant of regulatory authority to Congress. I include as well my special admiration for his charming wit and sense of humour...

He has served his nation well, at all times carrying out his judicial duties with dignity, intellect and without partisan political concerns. Justice Stevens has made me, and our fellow citizens, proud of my three decade old decision to appoint him to the Supreme Court. I wish him long life, good health, and many more years on the bench".

El decano de la Universidad de Fordham ha contado que cuando le entregó la carta del presidente Ford a Stevens, éste tenía lágrimas en sus ojos. Pero lo cierto es que Ford tenía razón: John Paul Stevens ha sido uno de los grandes magistrados de la historia del Tribunal Supremo, y constituye quizá la máxima aportación de Gerald Ford, un presidente infravalorado, a la historia de su país.