sábado, 2 de abril de 2016

El Partido Republicano duda sobre cómo perder las elecciones presidenciales: las primarias republicanas

La situación en las primarias republicanas es exactamente la contraria a la que se da en las primarias demócratas: los medios transmiten una situación de clara ventaja para Donald Trump, pero todos los indicios apuntan a que si Trump no consigue llegar a la mayoría absoluta de los delegados (1.237) antes del final del proceso de primarias (e incluso si consigue hacerlo), el Partido Republicano (y particularmente Ted Cruz) harán absolutamente todo lo posible para impedirle obtener la nominación, aunque ello suponga que varios millones de votantes abandonen el partido.

Las últimas primarias fueron representativas de esa dicotomía que se está planteando en el campo republicano:

- Arizona: Trump 46, Cruz 28, Rubio 12, Kasich 11: Arizona, un Estado en el que los republicanos son más viejos que la media del partido y especialmente preocupados en lo que respecta a la inmigración ilegal, fue un Estado excelente para Trump. Por otra parte, resulta extraordinariamente chocante que Rubio, que se había retirado una semana antes, obtuviera mejores resultados que Kasich.

- Utah: Cruz 69,2, Kasich 16,8, Trump 14: Utah es el absoluto reverso de Arizona: los mormones son el grupo republicano más joven y más proinmigrantes (no en vano los misioneros mormones suelen pasar un par de años de su juventud especialmente en América Latina). Trump obtuvo un resultado desastroso, inferior incluso al de Kasich.

Con los resultados del martes 22 de marzo, el mapa de las primarias republicanas queda así:

Generated Map

El número de delegados que se precisan para ganar las primarias republicanas son 2.382. Así es como va el reparto a día de hoy, según RealClearPolitics y Frontloading HQ:

Donald Trump: 751 delegados, 7.811.425 votos
Ted Cruz: 462 delegados, 5.732.220 votos
John Kasich: 144 delegados, 2.805.211 votos.

(Marco Rubio se ha retirado con 172 delegados y 3.435.009 votos, hay 31 delegados "sin designar" y 16 delegados de otros candidatos, principalmente Ben Carson)

Es preciso tomar en consideración un hecho clave: Donald Trump representa a una minoría de votantes republicanos y está demostrando ser incapaz de expandir su electorado, contrariamente a lo que ocurre con los candidatos victoriosos en muchas otras primarias (por ejemplo, Mitt Romney hace cuatro años).

Los datos son tozudos: a día de hoy, Trump ha obtenido el 37,11% de los votos emitidos hasta el momento (Cruz va unos diez puntos por debajo). Aunque las absurdas reglas republicanas le permiten obtener una prima importante en materia de delegados, y aunque parece seguro que Trump llegará a la convención con el mayor número en votos y delegados, no está nada claro que alcance los 1.237 necesarios para ganar en la primera votación. 

Y si eso ocurre, tal y como expone Nate Silver en este interesante artículo, el Partido Republicano no le otorgará su nominación a Trump: sus constantes declaraciones alienando a mujeres, hispanos, musulmanes, etc, le convierten en un candidato tóxico no sólo a nivel presidencial, sino sobre todo down-ballot  (es decir, respecto de las elecciones al Senado y al Congreso que se celebrarán el mismo día que las presidenciales).

El Partido Republicano no está dispuesto a suicidarse, y menos por un candidato que no es ortodoxo en los temas que preocupan a los líderes del partido: bajadas de impuestos y reducción del Estado de Bienestar. El único impedimento es que si Trump no es el candidato, todo parece indicar que su único sustituto será Ted Cruz, y éste presenta problemas muy serios, porque es un miembro de la derecha cristiana, que espanta a los votantes republicanos más moderados y seculares. Lindsey Graham lo expresó de una manera muy gráfica hace unos meses cuando dijo que la elección entre Trump y Cruz era como elegir morir por un disparo o envenenado. (Dado que hace unos días decidió apoyar a Cruz, parece evidente que Graham ha optado por el veneno).

El principal problema es que la mayoría absoluta de los delegados de la convención serán leales a Trump o Cruz y fijarán unas normas que sólo permitirán elegir a uno u otro.

Los escenarios que se perfilan, por lo tanto, son los siguientes:

1) Trump supera finalmente los 1.237 delegados, consigue mantenerlos unidos hasta la primera votación en la Convención, es el candidato republicano y sufre una derrota aplastante en las elecciones, donde un 20% del electorado republicano (moderados con un buen nivel educativo, especialmente) se abstienen (la mayoría) o incluso votan por Hillary Clinton (la minoría). Además de esa transfusión republicana, los demócratas consiguen un fuerte incremento de participación, especialmente de minorías hispanas, aterrorizadas ante un candidato ostensiblemente racista como Trump. Los republicanos pierden la presidencia, el Senado y el Congreso.

2) Trump no llega a los 1.237 delegados (o llega pero Cruz consigue que uno o dos centenares de éstos sean desleales hacia Trump) y la Convención acaba eligiendo a Cruz. Trump y sus delegados abandonan ruidosamente la Convención. En las elecciones, Cruz es el candidato y sufre una dura derrota, con un 10-15% del electorado republicano (una mayoría de exvotantes de Trump y una minoría de votantes republicanos moderados y seculares) absteniéndose (los primeros) o votando a Hillary Clinton (los segundos). Los demócratas obtienen una subida de participación, aunque menor que si el candidato fuera Trump, gracias al extremismo de Cruz. Los republicanos pierden la presidencia y el Senado (quizá no el Congreso).

Ya lo hemos dicho alguna vez, pero reincidiremos: es increíble que el Partido Republicano esté a punto de tirar por el retrete unas elecciones que, tras la natural fatiga de ocho años de gobierno del Partido Demócrata, estaba como mínimo en condiciones de disputar seriamente.