jueves, 27 de agosto de 2009

En la muerte de Ted Kennedy

Ted Kennedy era la viva prueba de que el ser humano (como tantas otras cosas en el mundo) no es simplemente blanco o negro, sino una paleta muy matizada de grises.

Hijo de una familia multimillonaria, con un hermano Presidente, otro Fiscal General y él mismo Senador por Massachusetts, fue durante muchos años un hombre dominado por sus debilidades (el alcohol y las mujeres), hasta el punto de que las mismas muy probablemente provocaron la muerte de una mujer en el incidente de Chappaquidick en 1969, el fracaso de su matrimonio (se divorció en 1982) y coadyuvaron a que uno de sus sobrinos fuera acusado de violación en 1991 (aunque fue absuelto).

Frente a esto, queda el legado en el Senado de un legislador incomparable, que contribuyó a una mejora constante en la educación y la sanidad especialmente de las clases más desfavorecidas, frente a las cuales el sistema social norteamericano, tan descarnado, es demasiadas veces cruel e injusto. También merece especial mención su triunfante batalla desde el Senado contra la nominación de Robert Bork para el Tribunal Supremo en 1987, cuyas consecuencias todavía se sienten a día de hoy (especialmente dado que Anthony Kennedy, el sustituto de Bork, es hoy el voto decisivo en el Alto Tribunal). Fue una de las pocas victorias de Kennedy contra Reagan (los críticos afirman que inyectó una dosis de ideología en las batallas por el Tribunal Supremo que se está revelando letal en los últimos años, pero lo cierto es que Bork era un jurista excesivamente deferente hacia el Poder Ejecutivo que hubiera debilitado en exceso al Poder Judicial). 

Curiosamente, el último vástago de los Kennedy probablemente hizo más por sus conciudadanos que sus hermanos más famosos (es justo decir que a éstos se les segó su vida en flor, así que nunca sabremos hasta donde podían haber llegado), derivado del hecho de que, finalmente, entendió que su destino no era ser Presidente, sino Senador, y a ello dedicó sus mejores años una vez que se percató de la realidad.

Kennedy fue, en todo caso, la viva prueba de que los seres humanos pueden madurar: el joven ignorante e inmaduro de los años sesenta empezó a madurar claramente en los setenta, y tras fracasar finalmente en sus aspiraciones presidenciales en 1980, mejoró y mejoró (especialmente a raíz de su segundo matrimonio en 1992, que le dio la estabilidad emocional que le faltaba hasta entonces) hasta convertirse en un Senador serio y trabajador, forjador de alianzas bipartidistas (como las que le ligaron habitualmente a su amigo Orrin Hatch, el Senador republicano de Utah).

Kennedy debe estar agradecido a su nombre, pese a todo, puesto que le permitió salir adelante en circunstancias en las que quizá otros no habrían podido hacerlo, y al electorado de Massachusetts, que nunca le dio la espalda, ni siquiera en las elecciones de 1970 (tras Chappaquidick) o de 1994 (en las que afrontó su único desafío serio, contra Mitt Romney, curiosamente) y que le permitió, tras un comienzo muy desigual, redimirse a través del trabajo duro en el Senado de Estados Unidos, en el que era, a día de hoy, el Senador más destacado.

Para quien tenga ganas de leer más (desde una óptica generalmente pro-Kennedy, pero sin ocultar los muchos errores del personaje):

Y el National Journal ha recopilado una conmovedora lista de reminiscencias de Kennedy por parte de sus amigos (muchos de ellos Senadores republicanos) aquí.