viernes, 15 de enero de 2010

¡Es la economía, estúpido!

Existe una tesis ampliamente difundida en círculos conservadores según la cual la creciente pérdida de popularidad de Obama y del Partido Demócrata se debe a su "agenda radical", a su "socialismo", o a sus políticas de "extrema izquierda".

Dado que cualquier observador medianamente objetivo sería incapaz de definir una sola política adoptada por la Administración Obama que responda a esas características (ni siquiera la reforma sanitaria, que lo único que hace es trabajar dentro del sistema para incluir en el mismo a entre 30-35 millones de norteamericanos carentes de seguro médico), es evidente que la pérdida de popularidad del Presidente y de su Partido ha de deberse, esencialmente, a otros motivos.

Y esos "otros motivos" son muy fáciles de definir. En dos palabras: se llaman "crisis económica". U otras dos: "desempleo galopante".

Daniel Indiviglio, en The Atlantic, nos da toda la información necesaria para entender la situación económica de Estados Unidos en materia de desempleo a día de hoy.

En primer lugar, ésta es la evolución del desempleo entre Diciembre de 2007 y Diciembre de 2009:

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Como es de ver: el desempleo antes del inicio de la recesión estaba en torno al 5%. Cuando George W. Bush abandonó el cargo en enero de 2009 estaba aproximadamente en torno al 7,5%. A lo largo del año pasado aumentó hasta el 10%.

Es decir, que en apenas 20 meses el desempleo en Estados Unidos se ha duplicado.

Esas cifras ya serían preocupantes, pero en mitad del análisis de Indiviglio uno encuentra cifras todavía más preocupantes: el 10% de desempleo en el que se encuentra ahora Estados Unidos no incluye a aquellas personas ("discouraged workers") que han dejado de buscar trabajo ni a aquellos que encuentran sólo trabajo ocasional, ni a los que sólo encuentran trabajo a tiempo parcial. Si añadimos a los primeros, el desempleo asciende al 11,4%. Si añadimos a los segundos, alcanzamos el 17,3% de la población. Como dice Indiviglio en su excelente resumen, eso significa que una sexta parte de los norteamericanos carecen de un empleo a tiempo completo.

Esto nos puede parecer poco en España, donde tenemos un 18% de desempleo real (3.923.000 personas) más un 1.200.000 personas en cursos de formación (desempleados reales pero que por algún motivo ignoto no entran dentro de las listas de desempleados), pero en Estados Unidos, acostumbrado a un desempleo bajo, son cifras realmente demoledoras, no vistas desde la recesión de 1982.

Es irrelevante que la crisis se originara durante la Administración anterior. Es irrelevante que la mitad de los empleos se perdieran durante la Administración anterior. Los votantes (especialmente los votantes poco ideologizados, ese 10-15% que pueden cambiar de voto en unas elecciones presidenciales) miden el éxito o fracaso de una Administración presidencial, esencialmente, por cómo les afecta a los bolsillos y por su capacidad de conservar o recuperar su empleo.

No digo que otras circunstancias no sean relevantes: Jimmy Carter perdió las elecciones de 1980 no sólo por la recesión económica de finales de los 70, sino también por su fracaso en la crisis de los rehenes iraníes. Pero me atrevo a decir que el factor decisivo fue el primero, no el segundo. Prueba ulterior de esta tesis es que George Bush padre, uno de los Presidentes con mayores éxitos en materia de política exterior de la historia del país (la caída del comunismo en Europa del Este, la implosión de la URSS, la victoria sobre Irak en la primera Guerra del Golfo), no consiguió hacer valer esos triunfos ante la (moderada) recesión económica de 1991-1992. Y John McCain no consiguió ganar las elecciones de 2008 esencialmente porque el paro había aumentado en un 40% en los seis meses anteriores a éstas, y la culpa era de la Administración de su partido.

Lo cierto es que el paro en Estados Unidos está en el 10%. Lejos de disminuir desde el inicio de la Presidencia de Obama, ha aumentado en un 25% (del 7,5% al 10%).

Para poner esto en vidas humanas afectadas, eso significa 15,3 millones de norteamericanos parados (y eso si una vez más no incluimos a los 2,5 millones que han dejado de buscar empleo, o a los 9 millones que sólo encuentran empleo a tiempo parcial). En total, unos 27 millones de norteamericanos están desempleados o subempleados.

No hay Presidente que resista estas cifras de desempleo incólume. Ya en su día hablamos en el blog del mito del teflón de Ronald Reagan y sus consecuencias para Obama (en particular, aquí y aquí). Voy a cometer el pecado (menor) de citarme a mí mismo en el segundo de los posts que dediqué a esa cuestión:

"No quiero decir con esto que el desempleo sea la única variable para medir la impopularidad presidencial (el Partido Demócrata sufrió una gravísima derrota en 1994 a pesar de que el desempleo estaba bajando), pero lo que sí es incontrovertible es que en un contexto de destrucción de empleo como el presente, es inevitable que la popularidad de Obama se resienta tan gravemente como le ocurrió a Reagan en 1982, o a Carter en 1980 o a George Bush Sr. en 1992. Y frente a esto no hay retórica ni carisma que valgan para mejorar la situación. La única forma de mejorar sustancialmente la popularidad del presidente es mediante la recuperación económica. Si Obama consigue reducir claramente el desempleo antes de noviembre de 2010, los demócratas no sufrirán mucho en las elecciones de medio mandato. Y si consigue reducirlo antes de noviembre de 2012, sus posibilidades de reelección son casi ciertas."

Esto se escribió en septiembre pasado. Dado que desde entonces el desempleo no sólo no ha descendido, sino que ha continuado aumentando (bien que ligeramente), las perspectivas del Partido Demócrata de cara a Noviembre son más bien ominosas (especialmente porque cuesta mucho más crear empleo que destruir empleo). Las de Obama son algo mejores, por cuanto él no se vuelve a presentar a las urnas hasta noviembre de 2012.

La única esperanza para los demócratas, realmente, es que la evolución de la destrucción de empleo parece mostrar que ésta está llegando a su fin (aunque los datos de Diciembre, en ese sentido, fueron un jarro de agua fría). Vuelvo a citar el artículo de Indiviglio:

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Del gráfico anterior parece deducirse que la economía norteamericana probablemente empiece a crear empleo a partir del segundo trimestre de este año. Sin embargo, insisto: si en noviembre de 2010 el paro no ha descendido sustancialmente (o sea, a los niveles pre-Obama, al menos, lo que creo que es absolutamente imposible), los demócratas se pegarán un buen batacazo en las elecciones de medio mandato. Y desde luego si para noviembre de 2012 Obama no ha conseguido que la economía remonte al menos a los niveles pre-Obama (7,5% de desempleo, aunque posiblemente sería necesario reducirlo aún más para que Obama tenga buenas posibilidades de reelección), éstas se encontrarán francamente comprometidas.

Es posible, sin duda, que otros eventos puedan distorsionar la popularidad presidencial (un grave atentado terrorista o la captura de Bin Laden, por citar un evento malo y uno bueno), pero debo remachar una vez más, para incredulidad de personas fuertemente ideologizadas, que la victoria o derrota de Obama en 2012 se determinará esencialmente en el terreno económico (dicho sea de paso, igual que la casi segura derrota de Zapatero en ese mismo año en nuestro país).

Para los incrédulos a quien mi argumentación (y mis datos, que es lo más importante), no les resulten convincentes, les dejo este artículo de Jonathan Chait en The New Republic, que ha sido la inspiración para este mío, y que añade todavía más datos para hacer más sólidos todavía nuestros mutuos argumentos (incluidos dos bonitos gráficos que me reafirman todavía más en todo lo que llevo escrito sobre el particular).

Actualización: Jonathan Chait insiste en su argumento aquí y aquí (me complace decir que Chait y yo hemos pensado al mismo tiempo pero por separado en Carter y Bush Sr. como buenos ejemplos de nuestra tesis)