domingo, 11 de octubre de 2009

La semana en Washington: Esquizofrenia en Escandinavia

La semana pasada el COI, reunido en Copenhague, le propinó una sonora bofetada a Barack Obama al eliminar a Chicago, la ciudad en la que residió durante veinte años hasta que ganó las elecciones el año pasado, en la primera ronda de votaciones para designar a la sede organizadora de los Juegos de 2016, por delante de Tokio o de Madrid, y por supuesto de la eventual ganadora, Río de Janeiro.

Obama envió a su mujer Michelle en primer lugar, y ésta se pasó varios días ejerciendo de lobby de presión frente a los distintos miembros del COI. El propio Obama estuvo unas pocas horas en Copenhague, para dar su apoyo a la candidatura.

Es evidente que Obama estuvo mal aconsejado, y que, en retrospectiva (aunque por supuesto a posteriori todos somos muy listos) Obama debería haber optado por dos cursos de acción distintos: o bien no comparecer siquiera en Copenhague (aunque por supuesto, cuando Chicago hubiera sido derrotada, se le habría criticado por no ir), o bien actuar como Tony Blair en 2005 y pasarse varios días junto a los miembros del COI practicando todo tipo de presiones y seducciones (por supuesto, se le habría reprochado haberse ido a Copenhague habiendo tantos líos en casa, y tampoco actuando de ese modo se hubiera garantizado la victoria, con lo que las críticas hubieran sido más fuertes).

En todo caso, el fracaso de Chicago también se convirtió, hasta cierto punto, en un fracaso personal de Obama, recibido por algunos conservadores en Estados Unidos con un regocijo incomprensible (alegrarse por el fracaso de un proyecto olímpico es de un mal gusto notable; en España, por una vez, hemos rayado a más altura, y aunque hemos criticado el proyecto olímpico -sin ir más lejos, uno de los colaboradores de este blog así lo ha hecho- la crítica no ha sido partidista, y no nos hemos alegrado por su fracaso, entendiendo que, al igual que Barcelona 92, se trata de un proyecto de país -para empezar, las competiciones de vela no se pueden celebrar en el Manzanares, así que se tendrán que celebrar en Valencia-).

En retrospectiva, el equipo de asesores de Obama debería haber entendido que la candidatura de Río de Janeiro tenía muchas posibilidades por tres motivos distintos: a) Tokio ya había organizado unos Juegos Olímpicos, b) tanto Madrid como Chicago pertenecen a países que han organizado los Juegos Olímpicos muy recientemente (1992 y 1996, respectivamente), y c) el imperativo de designar a una ciudad de una economía emergente como Brasil devino irresistible para el COI (Lula, por cierto, sí que actuó como Blair  cuatro años atrás, y se pasó una semana entera repartiendo promesas y seduciendo delegados, que es como se ganan estas cosas).

En todo caso, tampoco hay que darle más trascendencia de la necesaria; si la reforma sanitaria es aprobada de aquí a un mes, a nadie le va a importar un comino que Chicago no organize la Olimpiada 2016, y Obama habrá marcado un jalón mucho más decisivo que ése como Presidente de Estados Unidos.

Tras el bofetón sufrido por Obama en Dinamarca, los noruegos han debido pensar que Obama necesitaba algún tipo de compensación escandinava, y este viernes decidieron pasarse siete pueblos y otorgarle a Obama el Premio Nobel de la Paz.

Se trata de una decisión tan llamativamente prematura que sólo se puede leer en clave interna del Comité que concede el Nobel, y poco o nada dice del galardonado, que de hecho, posiblemente fue el único que salió con bien del carrusel informativo (con la llamativa excepción, que luego comentaremos, del gobernador republicano de Minnesota y candidato in pectore en 2012, Tim Pawlenty, así como de John McCain).

El Premio Nobel de la Paz ha sido históricamente una recopilación de aciertos (Martin Luther King, por ejemplo), errores (Le Duc Tho-Kissinger 1973, sin ir más lejos) y omisiones (¿un tal Mahatma Gandi?). Lo que hasta ahora no había hecho el Comité era dar el Premio Nobel "a futuro", es decir, como acicate para que el galardonado se esfuerce y alcance a posteriori los logros que el Nobel supuestamente premia.

Se trata de un error, lisa y llanamente, que deja a Obama en una posición imposible, dado que no podía rechazarlo sin insultar a la Academia Noruega, y aceptarlo le ha expuesto a un reguero de críticas altisonantes por parte de una oposición que al parecer, se siente muy ofendida de tener a un Presidente que gusta más en Noruega de lo que gustaba su antecesor. En todo caso, en su discurso de agradecimiento Obama dijo exactamente lo que tenía que decir: que entendía que no se lo merece, lo cual a día de hoy es rigurosamente cierto.

Quizá el Comité ha pensado que Obama es la culminación de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos iniciada por gentes como Frederick Douglass, continuada por Booker T. Washington, por la que sufrió martirio Martin Luther King, y que finalmente ha llevado a un hombre negro a la Presidencia, derrotando al racismo. De ese modo el premio adquiere un carácter simbólico que lo hace algo (no mucho más) digerible. Pero los noruegos no han justificado el premio por esa vía (aunque probablemente la tuvieran en mente), sino por la más evanescente de la lucha por la paz mundial y el desarme nuclear, campos ambos en los que Obama apenas está empezando.

Todo el mundo queda mal, en última instancia: los noruegos, por otorgar un premio que incluso a los admiradores de Obama dentro y fuera de Estados Unidos, les parece prematuro (degradando el Nobel con ello); la mayoría de los republicanos, por criticar a su Presidente (en muchos casos de forma insultante) por la concesión del premio (los otros grandes críticos en el extranjero de la concesión del Nobel a Obama han sido los talibanes), cuando en todo caso, Obama, que yo recuerde, no ha obligado a los noruegos a concederle el premio. También Obama, de manera quizá oblicua, no queda en buen lugar, por cuanto realmente no ha hecho nada todavía que justifique ni siquiera vagamente la concesión del premio, y alimenta una imagen de soberbia que no le hace ningún bien (además, a los americanos no les gusta que el extranjero les diga cuáles son sus buenos presidentes, y cuáles son los malos).

Los únicos que han salido con bien del asunto son, como digo, Tim Pawlenty y John McCain. Sus declaraciones fueron de una gran dignidad, y expresaron exactamente lo que hay que decir en estos casos:

McCain: (via The Plum Line): "I congratulate President Obama on receiving this prestigious award. I join my fellow Americans in expressing pride in our President on this occasion."

Pawlenty (via Minnesota Public Radio): "I would say regardless of the circumstances, congratulations to President Obama for winning the Nobel Prize. I know there will be some people who are saying 'Was it based on good intentions and thoughts or is it going to be based on good results?' But I think the appropriate response is when anybody wins a Nobel Prize that is a very noteworthy development and designation and I think the appropriate response is to say 'Congratulations."

A eso se le llama tener clase.

1 comentario:

Laura Marti dijo...

hola, tan bien escrito como siempre e igualmente interesante. Pêro...creo que te has pasado tres pueblos, también tú al equiparar en las críticas a los conservadores y los talibanes... Madre mía..., ese juicio de valor tb lo hacen aquí le PSOe de zp al confundir a la opinión pública con el Pp y batasuna o ETA...

Es precipitado si, han querido compensar ..posiblemente.. Podía haber renunciado educadamenet , con humildad y agradecimiento absoluto, por supuesto... Con su carisma todo lo puede... Pero no sólo de carisma vive el hombre...
Un saludo.