lunes, 21 de septiembre de 2009

Salir en la foto (un saludo a todos)

Estimados lectores de La batalla…. Como anunció la semana pasada el creador-inspirador-dueño-ciudadano Kane de este blog, Pedro Soriano, me incorporo a partir de hoy a esta pequeña comunidad cibernética dispuesto a comentar la vida y milagros (aunque estos últimos escasean, la verdad) de la clase política española. Será curioso escribir sobre Gürteles, Aídos, Cayos Laras o Gallardones en un blog con este título, pero también puede ser instructivo ver las diferencias entre uno y otro lado del Atlántico.

A pesar de que la política del Imperio no esté en su mejor momento, creo que una mirada comparativa hacia nuestro terruño nos puede llevar al borde de la depresión. Como no es mi objetivo que mi audiencia acabe dándose al consumo de ansiolíticos, intentaré que un puntito de ironía y una cierta distancia (que espero no me hagan caer en el cinismo) hagan más digeribles mis comentarios.

Mi intención es centrar estos pequeños artículos en lo que podríamos denominar la intrapolítica española. Es decir, procuraré ceñirme al análisis de la política como ciencia del poder (mayorías, alianzas, nombramientos, destituciones, corrupciones, etc…), sin entrar en demasiadas consideraciones acerca de si una u otra medida me parece acertada… aunque el opresivo intervencionismo de todas las administraciones españolas hará inevitable que de vez en cuando tenga que saltarme mi propia limitación.

Mi tesis principal sobre este tema es que la clase política española (de todos los partidos) sufre un proceso de degeneración acelerada, fruto, principalmente, del sistema electoral de nuestro país. Todos los cargos públicos españoles se eligen de forma delegada: esto es, el ciudadano vota por una lista cerrada elaborada por los partidos y luego son estos representantes electos los que escogen al presidente, lehendakari o alcalde. Esto ha provocado que, poco a poco, nuestra democracia se haya convertido en una ‘partitocracia’ en la que la capacidad de decisión del ciudadano corriente frente a las burocracias de los grandes partidos es casi nula.

Así, yo no conozco a mi representante en el Congreso y mi representante no me conoce a mí. El diputado número 8 por Madrid del PSOE o del PP sabe que para tener trabajo los próximos cuatro años no tiene que convencer a los madrileños de que tiene propuestas interesantes, sino ser lo suficientemente amiguito del secretario general de su partido, que es quién hará las listas. De esta manera, unas élites burocratizadas y alejadas del ciudadano se han hecho con el poder y es muy difícil desalojarlas del mismo (sólo hay que ver la sucia campaña que el único partido nuevo y atractivo de los últimos años, UPD, ha tenido que soportar). Por eso, la mediocridad de ZPs, Rajoys, Llamazares o Montillas no es una casualidad, sino el resultado lógico del principio básico que reina en todas las formaciones políticas españolas: “El que se mueva (el que disienta, el que critique, el que piense por sí mismo, el que ose matizar al Jefe) no sale en la foto (no sube en el escalafón, no va en las próximas listas, no tiene sitio en la ejecutiva)”.


El problema es que, claro, la aplicación de esta regla también tiene como consecuencia que lo que refleja la instanténea de la política española de la actualidad sea tan triste que cada vez más ciudadanos miran constantemente para otro lado.